Sobre estos lomos cabalgamos en España

Mantener infraestructuras no da titulares. Hasta que el abandono deja de ser una estadística y se convierte en tragedia.
Entonces llegan las explicaciones apresuradas. El ministro comparece y sugiere que, si no se hubiera caído un muro, en el accidente en Cataluña nada habría pasado. Como si los muros se cayeran por capricho.
Ricardo Morado Fajardo.- En algún momento de la madrugada, tuvo que sonar un teléfono. No para avisar de un retraso, ni para pedir paciencia, ni para comunicar una incidencia. Sonó para decir que el tren no había llegado. Que se había descarrilado y que había muertos. Que, en algún punto de la vía, cerca de Adamuz, todo había fallado.
A partir de ese momento, España entró en el modo que ya conocemos demasiado bien: imágenes borrosas, declaraciones medidas, llamadas a la prudencia y una consigna clara desde el Gobierno: no saquen conclusiones, no politicen, no pregunten todavía.
Pero es que hay preguntas que no aguantan la espera, de la misma forma que hay tragedias que no nacen del azar, sino de decisiones muy concretas. Y, sobre todo, hay muertes que tendrían que pesar sobre conciencias políticas. Y eso, en España, no pasa.
Lo de Adamuz no fue una fatalidad. Fue una consecuencia.
Durante horas, incluso días, el Gobierno de Pedro Sánchez ha intentado refugiarse en su recurso más habitual, intentar dominar el relato pidiendo calma, repitiendo que “ya habrá tiempo” y sugiriendo que exigir responsabilidades es una forma de oportunismo. Como si la política no tuviera nada que ver con el estado de una infraestructura pública. Como si los trenes se mantuvieran solos. Como si los presupuestos (inexistentes en este momento) no los firmara nadie.
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La pregunta es molesta por lo sencilla: ¿por qué?
¿Por qué en un país que presume de modernidad, de “liderazgo moral” en Europa y de sensibilidad social, se descuida algo tan elemental como el mantenimiento de una vía férrea? ¿Por qué se destinan millones de euros a campañas ideológicas, a estructuras administrativas infladísimas, a propaganda política, a pagar vicios de auténticos degenerados y a colocar “sobrinas”; mientras la red ferroviaria que usan trabajadores, estudiantes y familias se degrada en silencio?
La respuesta, por mucho que nos cabree, es clara: porque las prioridades del Gobierno no son las de la gente.
Mantener infraestructuras no da titulares. No genera aplausos en redes. No sirve para construir épica política. Es un gasto invisible, un trabajo gris, gestión sin foto. Y por eso se posterga, siempre se posterga. Hasta que el abandono deja de ser una estadística y se convierte en tragedia.
Entonces llegan las explicaciones apresuradas. El ministro comparece y sugiere que, si no se hubiera caído un muro, en el accidente en Cataluña nada habría pasado. Como si los muros se cayeran por capricho. Como si el mantenimiento fuera una superstición. Como si la gravedad tuviera ideología. Es una forma cínica de esquivar la cuestión central: ¿Por qué ese muro estaba en condiciones de caer sobre una vía activa?
Silencio.
Mientras tanto, dos vagones siguen sin poder retirarse en Adamuz porque “es difícil acceder”. Difícil, sí. Como es difícil asumir responsabilidades cuando se gobierna mal. Como es difícil admitir que durante años se ha mirado hacia otro lado mientras se destinaba el dinero público a prioridades mucho más rentables electoralmente y a vicios personales de personajes repugnantes de película “torrentera”.
Lo más revelador de todo no es el accidente en sí, sino la reacción posterior. En la televisión pública se habla de cualquier cosa menos de gestión, hasta se ha vuelto a asomar el comodín de Franco.
En tertulias afines se acusa a la oposición de instrumentalizar el dolor. En redes sociales, los defensores del Gobierno piden respeto… pero solo para los suyos. El país queda sepultado bajo una capa espesa de propaganda.
España no ha llegado a este estado de degradación de golpe. Se ha degradado poco a poco, a partir del momento en que la gestión ha dejado de importar, a partir del punto en el que el mantenimiento se ha convertido en una molestia presupuestaria; cuando el Estado ha empezado a preocuparse más por moldear conciencias que por cumplir sus funciones básicas.
Y hay algo profundamente obsceno en el doble rasero moral que se aplica en estos casos. Cuando gobierna la derecha, las exigencias de dimisión son inmediatas, feroces y sin matices. Cuando gobierna la izquierda, pedir responsabilidades se convierte en “politizar el dolor”. La misma tragedia, dos varas de medir.
La corrupción no siempre lleva sobres ni deja rastro penal. A veces es más silenciosa y devastadora. Empieza cuando tus impuestos ya no sirven para protegerte y el dinero público se desvía sistemáticamente hacia lo accesorio mientras lo esencial se oxida. Eso también es corrupción, aunque no siempre tenga nombre judicial.
Adamuz no es un episodio aislado. Es parte de una cadena de desastres ferroviarios, averías, descarrilamientos y fallos que se acumulan mientras el Gobierno exige confianza sin ofrecer garantías. Exige silencio mientras falla. Exige comprensión mientras las costuras de España revientan.
Las víctimas merecen algo más que minutos de silencio o días de luto nacional. Merecen verdad, merecen explicaciones claras. Y merecen que alguien, de una maldita vez, tenga la dignidad de asumir que gobernar no es solo hablar bonito, sino cuidar lo que sostiene un país.
Gobernar no es cortar cintas para inaugurar obras que luego no se mantienen. Gobernar es prever. Es invertir donde no se ve, precisamente para que nada se rompa. Y cuando se gobierna sin hacerlo, cuando se elige el aplauso ideológico antes que la gestión silenciosa, lo que se rompe no es solo una vía: es la vida de los ciudadanos.
Adamuz no debería olvidarse cuando se apaguen los focos. Porque si nadie responde por esto, el mensaje es devastador: que la vida de la gente vale menos que el relato del Gobierno.
Y un Estado que acepta eso, aunque siga llamándose democrático, ha empezado ya a descarrilarse.
Ojalá me equivoque, pero aquí no va a pasar nada. Porque el sistema está podrido.
Mientras tanto, tenemos que escuchar de boca del eslabón perdido, Oscarpitecus Puentensis, en comparecencia pública ante los medios de comunicación, que él solo es licenciado en derecho (y que, por tanto, no tiene ni idea de transportes), pero que está aprendiendo mucho desde que es ministro.
Lo peor de todo no es que yo mismo esté más capacitado que este personaje grotesco para ser ministro de Transportes, tras veinte años como jefe de logística en una multinacional. Lo peor es que mi hijo de cuatro años también lo está, porque tiene más sentido común.
Sobre estos lomos cabalgamos en España.










