Sindicatos en pie de gamba: mucho crustáceo y poca pancarta de apoyo a los maquinistas abandonados por el Gobierno de Sánchez
Juan María de Andrés.- .- Cada accidente ferroviario deja víctimas, preguntas sin responder y una certeza incómoda: algo ha fallado. Pero junto a los trenes siniestrados hay otro elemento que descarrila de forma silenciosa y constante: la ausencia de los sindicatos cuando más se les necesita, especialmente en defensa de los maquinistas.
Tras cada accidente, el foco mediático se dirige con rapidez hacia el eslabón más visible y vulnerable de la cadena: el maquinista. Se le analiza, se le señala, se le juzga antes de que concluyan las investigaciones técnicas. Y mientras eso ocurre, los sindicatos —quienes deberían levantar un muro de protección, exigir rigor y denunciar las causas estructurales— optan por el mutismo. Un silencio que no es prudente ni responsable, sino profundamente dañino.
No se trata de negar responsabilidades individuales cuando existan, sino de impedir que se utilice al maquinista como chivo expiatorio para ocultar fallos de organización, déficits de formación, recortes en seguridad, presión operativa o decisiones políticas erróneas. El silencio sindical en estos momentos clave legitima ese relato simplista y cruel: “el error humano”. Un comodín que evita mirar más arriba.
¿Dónde están los comunicados contundentes exigiendo investigaciones independientes? ¿Dónde las comparecencias defendiendo la presunción de inocencia del trabajador? ¿Dónde las denuncias públicas sobre jornadas extenuantes, estrés, automatismos mal diseñados o sistemas de seguridad incompletos o desactivados? Brillan por su ausencia.
Este mutismo resulta aún más grave porque los maquinistas no solo son trabajadores: son garantes de la seguridad de miles de personas cada día. Cuando se les somete a presión constante, cuando se normaliza operar al límite, cuando se introducen cambios técnicos sin el consenso ni la formación adecuada, no solo se pone en riesgo su salud mental y profesional, sino la seguridad del sistema ferroviario en su conjunto.
Sin embargo, tras los accidentes, los sindicatos parecen más preocupados por no incomodar a la empresa o a la administración que por proteger a quienes están en cabina. Se refugian en declaraciones ambiguas, en tiempos de espera eternos, en el “hay que dejar trabajar a la investigación”. Pero dejar trabajar a la investigación no implica desaparecer del debate público ni renunciar a la defensa activa del trabajador.
Este silencio no es neutral: favorece a quienes buscan cerrar el caso rápido, señalar a un responsable individual y continuar como si nada. Y cada vez que eso ocurre, se pierde una oportunidad de aprender, corregir y prevenir futuros accidentes. La seguridad no mejora con silencio; mejora con transparencia, conflicto y exigencia.
Los sindicatos nacieron para incomodar, para señalar abusos y para proteger a los trabajadores en los momentos más difíciles. Si tras un accidente ferroviario no son capaces de alzar la voz por los maquinistas, de cuestionar el sistema y de exigir responsabilidades en todos los niveles, entonces han renunciado a su razón de ser.
Porque cuando el tren se detiene por un accidente, el silencio sindical no es respeto: es abandono. Y abandonar a los maquinistas en esos momentos críticos no solo es una injusticia laboral, es una irresponsabilidad social.
La seguridad ferroviaria no se defiende callando. Y los derechos de los maquinistas tampoco.











