España conquista el Ártico… a base de hacer el ridículo
Carlos Aramburu Bayona.- España ha decidido que su próximo gran hito histórico no será liderar Europa ni resolver sus problemas internos, sino plantar una bandera —probablemente temblando— en Groenlandia. Porque si algo faltaba en el tablero geopolítico del Ártico era el Ejército español preguntándose dónde está y cuándo se vuelve a casa.
La presencia militar española en Groenlandia se vende como una operación de “entrenamiento en condiciones extremas”. Una definición impecable, porque no hay nada más extremo que justificar públicamente una misión que parece diseñada por alguien que confunde estrategia con turismo institucional. Eso sí, turismo caro, con uniforme y comunicado oficial.
Mientras las grandes potencias se miden en el Ártico por rutas comerciales, minerales y control estratégico, España aparece como ese amigo que no estaba invitado pero se presenta igual, con una sonrisa y cero aportación. No decide nada, no influye en nada, no protege nada relevante… pero sale en la foto, que al final es lo importante.
Cuesta imaginar qué amenaza concreta justifica el despliegue. ¿Un ataque inminente de focas radicalizadas? ¿Un levantamiento independentista de iglús? El silencio sobre los objetivos reales solo alimenta la sospecha de que no existen. La misión parece más bien un experimento sociológico: comprobar cuánta solemnidad puede soportar una idea absurda antes de derrumbarse.
Las explicaciones oficiales, envueltas en jerga OTAN y frases huecas, no ayudan. “Compromiso internacional”, “presencia disuasoria”, “colaboración estratégica”. Palabras grandes para tapar una realidad pequeña: España no tiene intereses vitales en Groenlandia, pero sí una notable habilidad para gastar recursos en demostrarlo.
En redes sociales, donde la verdad suele llegar antes que los comunicados, la misión ha alcanzado su cénit: memes, chistes y burlas. Soldados españoles en el hielo eterno generan más carcajadas que respeto. Cuando una operación militar se convierte en un sketch colectivo, el problema no es la falta de patriotismo del público, sino el exceso de surrealismo institucional.
Al final, la presencia del Ejército español en Groenlandia no refuerza la imagen de un país serio y estratégico, sino la de uno desesperado por parecer relevante donde no lo es. Una potencia media jugando a ser actor principal en una obra que no entiende y en la que nadie la ha repartido papel.
España no ha ido a Groenlandia a defender nada. Ha ido a demostrar algo mucho más simple: que el ridículo, cuando se institucionaliza, también puede viajar miles de kilómetros y sobrevivir bajo cero.











