Carta a Donald Trump: La Unión Europea, no China, es el principal enemigo de Estados Unidos y de la civilización cristiana
AR.- Querido presidente Trump: el problema de los europeos no es que estemos siendo gobernados por una banda de corruptos y psicópatas, sino que estén dispuestos a enajenarle al diablo el alma de sus compatriotas con tal de salvarse ellos mismos.
La Unión Europea se ha convertido en el mayor experimento de parálisis política del siglo XXI. Bajo la apariencia de valores elevados, cooperación y multilateralismo, lo que realmente esconde Bruselas es un sistema lento, ineficaz, desconectado de la realidad geopolítica y absolutamente incapaz de defender sus propios intereses.
Un ejemplo claro lo encontraría usted en Pedro Sánchez. Se trata de un embustero patológico, un trilero sin moral ni principios, un presidente ilegítimo, que lo mismo convierte su gobierno en un consorcio de ladrones y puteros, que acude a la cumbre de la OTAN en La Haya con la intención de dinamitarla desde dentro, en pos de un relato concebido únicamente para su supervivencia política.
Mientras Estados Unidos, China o Rusia juegan partidas de poder real, la UE se limita a emitir comunicados, sanciones simbólicas y declaraciones morales que nadie teme ni respeta. Europa habla; otros actúan. Y en política internacional, el que no actúa desaparece.
Presidente Trump, la obsesión europea por el consenso eterno ha creado un monstruo burocrático donde nadie manda y nadie responde. Cada decisión estratégica queda diluida entre 27 gobiernos, comisiones técnicas y un Parlamento que legisla pero no gobierna. El resultado es un continente rico, sí, pero irrelevante, débil, dependiente y vulnerable.
Frente a esta decadencia, su política intervencionista representa una ruptura necesaria. Usted entendió una verdad incómoda que Bruselas se niega a asumir: el orden internacional no se mantiene con buenas intenciones, sino con poder, presión y decisión.
Si algo diferencia su mandato del de la casta oligárquica europea, presidente Trump, es que usted no pide permiso a comités eternos, ni espera unanimidades imposibles. Actúa. Defiende intereses nacionales sin complejos, utilizando la economía como arma estratégica, forzando a supuestos aliados a asumir responsabilidades y dejando claro que la seguridad no es gratis. Eso no es aislamiento; es realismo político.
La Unión Europea le critica a usted mientras se beneficiaba de su firmeza. Crítica su presión sobre la OTAN, pero sigue dependiendo del paraguas militar estadounidense. Critica su dureza comercial, pero nunca se atreve a defender sus empresas con la misma contundencia. Hipocresía pura.
La UE se presenta como una potencia moral, pero es incapaz de proteger sus fronteras, garantizar su energía, defender su industria o controlar su inmigración. Predica derechos humanos mientras financia regímenes autoritarios. Habla de soberanía mientras la pierde frente a potencias que no creen en discursos, sino en la fuerza.
Presidente Trump, con todos sus defectos, usted rompió esa ficción. Recordó que la política internacional no es un seminario universitario, sino un campo de batalla económico, tecnológico y militar. Y en ese campo, la Unión Europea llega tarde, mal armada y con miedo a usar cualquier arma.
Usted no Ignora que la Unión Europea es el principal laboratorio de la denominada ideología woke en sus políticas internas y exteriores. Bruselas prioriza agendas ideológicas por encima de cuestiones económicas, energéticas y de seguridad que afectan directamente a la estabilidad de la región.
La UE está utilizando su influencia institucional y financiera para impulsar valores culturales y sociales que no cuentan con un consenso amplio entre los Estados miembros ni entre los socios estratégicos del norte de Europa. La imposición de marcos ideológicos ajenos a la realidad local genera tensiones innecesarias y debilita la cooperación internacional.
Presidente Trump, algo que millones de europeos no perdonaremos nunca a la Unión Europea es su renuncia a nuestra identidad colectiva.
La Unión Europea se presenta a sí misma como un proyecto basado en la democracia, la libertad, la igualdad ante la ley y el laicismo. Sin embargo, en las últimas décadas, sus políticas migratorias y su enfoque ideológico han generado una profunda contradicción entre esos principios fundacionales y la realidad social que se está construyendo en el continente.
Bajo el paraguas del multiculturalismo acrítico, Bruselas ha promovido una inmigración masiva sin exigir una integración real en los valores europeos. El resultado no ha sido la convivencia armónica prometida, sino la aparición de sociedades paralelas en muchas ciudades, donde normas religiosas, culturales y sociales incompatibles con el orden civil europeo se imponen de facto ante la pasividad —cuando no complicidad— de las autoridades.
La UE ha confundido tolerancia con renuncia. En nombre de la diversidad, se ha aceptado que principios como la igualdad entre hombres y mujeres, la libertad de expresión o reivindicar nuestra pertenencia al humanismo Cristiano sean relativizados. Cualquier crítica a esta deriva es rápidamente etiquetada como “extremismo”, evitando así un debate honesto sobre las consecuencias del cambio demográfico acelerado que vive Europa.
No se trata de rechazar personas por su fe o su origen, sino de cuestionar un modelo político que ha fallado estrepitosamente. La integración no puede ser un concepto vacío ni una obligación unilateral para la sociedad de acogida. Exigir respeto a las leyes, a los valores constitucionales y a la cultura cívica europea no es xenofobia; es supervivencia democrática.
Mientras tanto, presidente Trump, las instituciones europeas parecen más preocupadas por censurar el disenso que por afrontar la realidad. Se financian asociaciones ideológicas, se imponen discursos oficiales y se silencia a quienes alertan de los riesgos de fragmentación social, inseguridad y pérdida de cohesión. La consecuencia es una ciudadanía cada vez más desconectada de una élite política que no rinde cuentas.
Europa no está obligada a desaparecer para ser moral. Si la Unión Europea continúa ignorando el impacto cultural, social y político de sus propias decisiones, el proyecto europeo no caerá por ataques externos, sino por la erosión interna de aquello que le daba sentido.
El verdadero desafío no es la diversidad, sino la cobardía política. Y esa, hoy, tiene sede en Bruselas.
Presidente Trump, usted tuvo el acierto de conectar con el alma de su pueblo, sin recetas ideológicas ni fingidas proclamas morales, para hacer lo que exigía la gravedad del momento, sin mentiras ni medias tintas. En compensación, usted tiene el apoyo mayoritario, casi abrumador, de los descendientes de aquellos que construyeron el mundo en el que ahora vive Estados Unidos, los que le dieron la sabiduría, la ciencia, la auténtica moral guerrera, heroica, noble y fiel del cristianismo y no la de Europa, que es débil, hipócrita y cobarde. La clave de su éxito ha sido su comunión con el pasado, su búsqueda de las raíces que hicieron grande, muy grande, no sólo a su país sino a todo el occidente cristiano. Usted ha defendido siempre la mejor tradición norteamericana porque sabe que en lo antiguo está lo genuino, lo puro. Actualmente la palabra modernidad está asociada a los degenerados; y la élite woke lo sabe. Por eso se apoya en personajes como Pedro Sánchez, cuya deslegitimización es tal que antepone su supervivencia personal a nuestra seguridad colectiva.
Por todo ello, su intervencionismo se hace imprescindible para revertir la actual situación. No se trataría de un capricho, sino de una respuesta coherente a un mundo hostil. Un mundo que la UE se niega a ver. Mientras Bruselas regula pajitas de plástico, otros regulan rutas comerciales, satélites, chips y ejércitos.
Si Europa no aprende esa lección, seguirá siendo lo que ya es: un museo del pasado, cómodo, moralista y reemplazada demográficamente por poblaciones en las antípodas de los valores que convirtieron a Occidente en punta de lanza de la humanidad.
Presidente Trump, usted es el líder para millones de europeos porque incomoda a la élite globalista de la UE y la obliga a mirarse en el espejo. Y lo que ve no le gusta. Y a nosotros menos.












¡Ooos!