La emergencia climática como dogma de fe (Video comentario del escritor y periodista Joaquín Abad)
En las últimas décadas, la cuestión climática ha pasado de ser un campo legítimo de investigación científica a convertirse, en muchos ámbitos, en un marco moral incuestionable. El concepto de “emergencia climática” ya no funciona únicamente como una advertencia basada en modelos y proyecciones, sino como un dogma de fe que delimita lo decible, lo pensable y lo aceptable en el debate público. Cuestionar sus premisas, sus políticas o incluso sus prioridades se interpreta a menudo no como un ejercicio crítico, sino como una herejía.
Este fenómeno no implica negar la existencia del cambio climático ni la influencia humana sobre el mismo, algo ampliamente respaldado por la literatura científica. El problema surge cuando una cuestión compleja, cargada de incertidumbres, escalas temporales amplias y múltiples variables, se transforma en un relato simplificado y moralizado, impermeable a la duda y al contraste racional.
De la ciencia al credo
La ciencia se define por el cuestionamiento permanente, la revisión de hipótesis y la apertura a la refutación. Un dogma, en cambio, se caracteriza por su carácter incuestionable. Cuando se declara una “emergencia”, se introduce una lógica de excepción: la urgencia justifica la suspensión del debate, la reducción del pluralismo y la adopción de medidas extraordinarias sin el escrutinio habitual.
En este contexto, el consenso científico —una herramienta descriptiva— se convierte en un argumento de autoridad absoluto. No se discuten ya los márgenes de error, los escenarios alternativos o los costes comparativos de las políticas propuestas, sino que se exige adhesión. El disenso es etiquetado como “negacionismo”, un término cargado de connotaciones morales que deslegitima cualquier crítica, incluso cuando procede de científicos, economistas o expertos en energía.
Uno de los rasgos más evidentes del dogma climático es su dimensión moral. El individuo es interpelado no como ciudadano, sino como pecador: su consumo, su dieta, sus desplazamientos o su forma de vida son presentados como faltas éticas. El lenguaje recuerda al de una religión secular: culpa, expiación, sacrificio y redención a través de hábitos “sostenibles”.
Este enfoque desplaza el debate estructural hacia el terreno de la responsabilidad individual, mientras grandes decisiones geopolíticas, industriales y tecnológicas quedan fuera del foco. Al mismo tiempo, genera una ansiedad climática creciente, especialmente entre los jóvenes, alimentada por narrativas apocalípticas que presentan el futuro como inevitablemente catastrófico.
La declaración de la emergencia climática por parte de gobiernos y organismos internacionales ha tenido consecuencias políticas claras. Se aprueban regulaciones profundas en materia energética, agrícola o industrial con escaso debate público, bajo la premisa de que “no hay alternativa”. Esta lógica reduce la democracia a un trámite y convierte la política en mera gestión técnica del miedo.
Además, muchas de estas políticas tienen efectos distributivos regresivos: encarecimiento de la energía, impacto en sectores productivos vulnerables o dependencia de tecnologías aún inmaduras. Sin embargo, plantear estas objeciones suele ser interpretado como falta de compromiso con el planeta, en lugar de como una discusión legítima sobre costes, beneficios y prioridades.
La historia muestra que las ideas que se blindan contra la crítica tienden a generar errores de gran escala. La unanimidad forzada no es sinónimo de verdad, sino a menudo de conformismo intelectual. Tratar la emergencia climática como un dogma no fortalece la causa ambiental; por el contrario, la debilita al alejarla de la racionalidad, la evidencia y la deliberación democrática.
Una política climática eficaz requiere más ciencia, no menos; más debate, no menos; más pluralismo de soluciones, no imposiciones morales. Adaptación, innovación tecnológica, resiliencia y desarrollo económico pueden ser tan relevantes como la reducción de emisiones, especialmente en un mundo desigual donde millones de personas aún luchan por salir de la pobreza.
Reconocer el cambio climático como un desafío real no obliga a aceptar un pensamiento único. La auténtica responsabilidad intelectual consiste en separar la ciencia de la ideología, la evidencia del activismo y la urgencia de la excepción permanente. Solo así será posible diseñar respuestas equilibradas, eficaces y socialmente justas.
Convertir la emergencia climática en un dogma de fe puede ofrecer certezas emocionales y cohesión simbólica, pero lo hace al precio de empobrecer el pensamiento crítico. Y en un problema tan complejo y global, renunciar a la crítica es, paradójicamente, una de las mayores irresponsabilidades.











