Un delincuente en la Moncloa
Luís Ventoso.- A finales de 2015, mientras me afeitaba una mañana con la radio al fondo, escuché una entrevista con un líder nacionalista catalán en una cadena de ámbito estatal. El político, de voz campanuda, comenzó a hablar de la identidad única de Cataluña, de su fervoroso amor por ella, de su derecho a decidir su destino y soltar amarras… y al final acabó con la voz tomada por la emoción, casi gimoteando. Escuchando aquello pensé: «Uf, este tío es un fanático de su causa. Vive su independentismo como si fuese un fundamentalista mahometano con el Corán. Imposible entenderse con él…».
Aquel político, que hoy tiene 56 años y continúa inhabilitado por los tribunales, se llamaba Oriol Junqueras Vies y presidía ERC desde 2011, un partido que en la II República ya protagonizó una sonada embestida independentista con Companys. En enero de 2016, se convirtió en vicepresidente del Gobierno de Cataluña y consejero de Economía. Acorde con su visión de España, despectiva y más bien xenófoba, Junqueras veía a nuestra nación como un oso grande, pero en estado de hibernación, al que se podía desafiar utilizando a saco todos los resortes del Ejecutivo autonómico para lanzar un audaz e imparable desafío separatista.
Dicho y hecho. La campaña de Junqueras, secundado por otro iluminado, Puigdemont, se costeó con dinero público, que en sangrante paradoja fue aportado por todos los españoles, pues el bono catalán tenía categoría basura y no podían ni colocar su deuda.
Con nuestra financiación lanzaron una onerosa campaña internacional y abrieron embajadas de propaganda independentista por medio mundo. TV3 se convirtió en un estruendoso altavoz de la operación. Periodistas extranjeros eran invitados a Barcelona a cuerpo de rey por el Gobierno catalán para venderles la horrible y casposa opresión española contra el noble y europeo pueblo del seny. Todos los periódicos catalanes fueron comprados por las ayudas de la Administración autonómica y firmaron un editorial conjunto de aroma proseparatista.
Mintiendo a destajo, Junqueras lanzó el lema «España nos roba» y aseguró que con la independencia Cataluña despegaría como nunca (lo que ocurrió en realidad fue una espeluznante fuga de empresas). También engañó a los catalanes garantizando que la nueva República sería reconocida al instante por la UE (no la reconoció un solo país). Por último, mantuvo un tono altivo y chulo con el Gobierno central, al que debía lealtad, pues la Generalitat es la representación del Estado en Cataluña. Junqueras desoyó en plan campeón los avisos y denuncias de los tribunales. Siguió adelante con el referéndum de cartón piedra a pesar de que había sido suspendido por el TC. Volvió a mentir al asegurar que el resultado de la consulta ilegal –un gran «sí» a la independencia, por supuesto– encarnaba el sentir del pueblo catalán (cuando no ha existido jamás encuesta alguna que sitúe al separatismo por delante).
Junqueras despreció y señaló a sus paisanos catalanes que no eran independentistas. Toreó y ridiculizó a la enviada del Gobierno de Rajoy para «dialogar» con él cuanto ya teníamos la amenaza en el cuello (una Sorayita que se creía hiperlista y demostró que no lo era tanto). Por último, el 27 de octubre de 2017 proclamó muy ufano y emocionado la independencia desde el Parlamento catalán. Lo hizo a la brava, de manera arbitraria, contra el sentir mayoritario de los catalanes y protagonizando un auténtico golpe desde el Gobierno nacionalista contra la unidad de España.
Por esos delitos, gravísimos y de manual, fue condenado a 13 años de cárcel e inhabilitado. Entró en prisión en noviembre de 2017. Es decir, de haberse cumplido la sentencia, todavía le quedarían cuatro años de pena. Pero en junio de 2021 fue indultado por Sánchez. En suprema felonía, el líder del PSOE lo dejaba libre como pago a que lo hubiese hecho presidente con solo 84 escaños. Era el mismo Sánchez que en 2017 se había avenido a aplicar el artículo 155 mano a mano con Rajoy para frenar el golpe.
Si en noviembre de 2017 alguien nos hubiese dicho que ocho años después Junqueras sería recibido en plan mariscal en la Moncloa por el presidente del Gobierno, le habríamos recomendado al augur que dejase los porros. Nadie habría creído entonces que tal traición a nuestra memoria reciente pudiese ser posible. Pero hoy lo viviremos: Junqueras recibido en la Moncloa. Una escena lacerante para España, que el pueblo, pastueño y bien adormilado por las televisiones del régimen, va a aceptar mansamente, como quien oye llover.
Corolario: en la España del siglo XXI puedes dar un golpe de Estado para romper la nación y ocho años después te recibirán en la Moncloa con honores, te regalarán una bicoca fiscal en forma de cuponazo, te condonarán la deuda que provocó tu delirio independentista y decidirás sobre los asuntos de interés general de todos los españoles (cuyo país deseas machacar). Alfombra roja en la Moncloa para un delincuente que odia a España.
(PD: No escucharán una sola queja al respecto de nuestros intelectuales –llamémoslos así–, ni de nuestros empresarios. Vivimos en una España sin establishment, sin clase dirigente, y con una oposición manifiestamente mejorable).











