El bable como dogma, más ideología que identidad: la última imposición de la izquierda en Asturias para dividir y distraer
La izquierda asturiana no defiende el bable: lo instrumentaliza. Lo utiliza como ariete ideológico para imponer una visión identitaria de la sociedad que no responde ni a la realidad lingüística de Asturias ni a las prioridades de sus ciudadanos. La cooficialidad del bable no es una demanda social mayoritaria; es un capricho político de minorías militantes con altavoz institucional.
Conviene decirlo sin rodeos: el bable no necesita ser salvado. No hay persecución, ni prohibición, ni marginación. Quien quiera hablarlo puede hacerlo con total libertad. Quien quiera aprenderlo tiene recursos públicos de sobra. Lo que se pretende ahora no es proteger una lengua, sino forzar a toda la sociedad a adaptarse a ella, quiera o no.
La cooficialidad no es poesía ni folklore. Es obligación, sanción y gasto. Es exigir conocimientos lingüísticos artificiales para acceder a un empleo público. Es duplicar documentos, encarecer la administración y generar conflictos innecesarios. Es, en definitiva, crear ciudadanos de primera y de segunda en función de su adhesión a un proyecto ideológico. Exactamente lo contrario de la igualdad que la izquierda dice defender.
La experiencia en otras comunidades es clarísima: cuando una lengua se convierte en requisito político, deja de ser un patrimonio cultural y pasa a ser un instrumento de control social. El idioma ya no une; separa. Ya no comunica; discrimina. Y quien se resiste es señalado como enemigo de la tierra, aunque haya nacido y vivido en ella toda su vida.
Lo más grave es el desprecio implícito al sentido común. Asturias tiene problemas reales y urgentes: despoblación, envejecimiento, pérdida de tejido industrial, falta de oportunidades para los jóvenes. Pero la izquierda prefiere refugiarse en debates identitarios que no crean empleo, no fijan población y no mejoran los servicios públicos. El bable se convierte así en una cortina de humo perfecta: emocional, simbólica y profundamente divisiva.
Defender el castellano como lengua común no es una agresión cultural; es una garantía de cohesión y libertad. La verdadera diversidad no se decreta desde un despacho ni se impone en un boletín oficial. Se respeta dejando elegir.
La cultura que necesita imposición para sobrevivir no se protege: se vacía de contenido. Y una lengua que se empuja a golpes de ley acaba pagando el precio del rechazo social.
La izquierda insiste. Pero cuanto más fuerza el bable como dogma político, más evidente queda que no busca preservar una herencia cultural, sino construir poder a costa de dividir a la sociedad.
Y eso, en Asturias, ya lo conocemos demasiado bien.












