No sólo Maduro

El expresidente de Venezuela, Nicolás Maduro, durante una reunión en la Asamblea Nacional en Caracas
Gabriel Albiac.- Tomo de su estantería Tirano Banderas. En homenaje al nuevo inquilino de la cárcel de Brooklyn. Las «Variaciones Goldberg», en volumen muy tenue, ponen un sosiego extraordinario en esta madrugada: la primera en que Caracas duerme libre de un déspota atroz. Leo, casi en un susurro, el último párrafo de la novela en la que Valle Inclán petrificó un modelo de caudillo caribeño que ha pervivido intacto hasta nosotros: sanguinario, brutal, analfabeto, atrabiliario. «Tirano Banderas salió a la ventana, blandiendo el puñal, y cayó acribillado. Su cabeza, befada por sentencia, estuvo tres días puesta sobre un cadalso con hopas amarillas, en la Plaza de Armas: El mismo auto mandaba hacer cuartos el tronco y repartirlos de frontera a frontera, de mar a mar. Zamalpoa y Nueva Cartagena, Puerto Colorado y Santa Rosa del Titipay fueron las ciudades agraciadas».
A Nicolás Maduro no le cupo el alto honor de ser verbalmente descuartizado por el más grande de los prosistas españoles. Válgale la compensación de que su destino –sólo de presidiario– será bastante menos agrio que el del troceado monstruo de Valle. En vez de Valle, Maduro tuvo unos cuantos gacetilleros bien pagados a su servicio: mayormente en Europa. Los que vertieron «Orinocos de lágrimas» ante el despojo de su predecesor en la barbarie. O, más recientemente –apenas en el noviembre pasado–, uno que, desde preciada tribuna, dejaba este retrato, que hubiera avergonzado al más genuflexo plumilla del Padrecito Stalin o de Fidel Castro: “De pronto, llega el
Presidente [Maduro]. No sé dónde ha dejado su vehículo… Viene caminando, sin escoltas de proximidad, apenas acompañado por cuatro o cinco asistentes y colaboradores. No se le ve para nada preocupado o intranquilo. Exhibe una forma física espectacular. Se muestra ágil, dinámico, activo… Los miembros de la comuna —casi todas mujeres— se precipitan a acogerlo con entusiasmo y afecto. Lo rodean, lo abrazan, lo vitorean”.
Pero es que ese que escribe no es tampoco cualquier mindundi, ni es tan sólo el honorable director del tan institucional Monde Diplomatique. Es un amigo. De los viejos gloriosos tiempos chavezianos: «Conozco a Nicolás Maduro desde hace unos veinte años, cuando él era el brillante canciller de la Revolución Bolivariana. Siempre he apreciado en él su modestia, su asombrosa inteligencia, su gran cultura política, su apego al diálogo y a la negociación, su firme lealtad a los valores y principios progresistas, su fino sentido del humor, su concepción austera de la vida enraizada en sus orígenes populares, y su inalterable fidelidad al comandante Hugo Chávez». A falta de un Valle Inclán, valga un Ramonet. A falta de un Granma, un Monde Diplomatique.
No, Maduro no estaba solo. Como no lo estaba Chávez. Ni Castro. Ni, si queremos ponernos bordes en materia de memoria, estaban solos Ceaucescu o Stalin. El poder dota de muchos amigos. El poder absoluto, de muchos esclavos lustrosos.
Lustrosos. Y no sólo periodistas. A lo largo del último decenio, José Luis Rodríguez Zapatero ha sido, esencialmente, no el ilustre expresidente a cuyo título tiene legal derecho. Ha sido la mano derecha de Nicolás Maduro en todos cuantos intereses ha tratado de mover en Europa: el «Príncipe» de Delcy, por cifrarlo en un sólo éxtasis de la vicepresidenta venezolana. La alegre cuchipanda de Podemos, no ha sido esencialmente el divertido carnaval, a través de cuyo barullo tiernos infantes accedieron al parlamento e incluso a un par de ministerios. Los vivarachos y vivarachas no salieron de la nada. Y, si logra Venezuela, al fin, dotarse de un régimen democrático estable, tendrá su gracia constatar de qué fuentes bancarias vinieron las respectivas prosperidades financieras. E inmobiliarias. De expresidente como de cuchipanderos. Las facturas de la dictadura venezolana con destino a sus agentes en Europa prometen ser un tesoro para los historiadores. ¿También para los jueces?
No, no acaba esta historia en el calabozo de Maduro. Viene ahora el catálogo detallado de sus sicarios. También de los españoles. Cada cual clasificado en la casilla ética o penal que ajuste a sus merecimientos. Y a su escuálida decencia.
Yo, en el sosiego de la madrugada, releo Tirano Banderas. A volumen muy bajo suenan las «Variaciones Goldberg» en el clave de Gustav Leonhardt. Y, por una vez, sí, el mundo está bien hecho.











