Quiénes fueron los Reyes Magos: sabios de Persia guiados por una antigua profecía
El Evangelio de Mateo es el único texto canónico que menciona a los llamados magos de Oriente, sin precisar su número, sus nombres ni que fueran reyes. El término griego mágoi (μάγοι) aludía originalmente a sabios o sacerdotes pertenecientes a una casta religiosa del mundo persa, asociada tradicionalmente al zoroastrismo. De hecho, la palabra mágoi viene del persa magusha, que significa ‘sacerdote’. Como curiosidad, en el árabe quedó como sinónimo de «pagano», y los musulmanes de Al-Ándalus se refieren en sus crónicas a los vikingos como al-magus.
Volviendo al siglo I, estos magos eran expertos en astronomía, interpretación de presagios y rituales sagrados, lo que encaja con el relato de la observación de una estrella como señal del nacimiento de un nuevo rey. La presencia de magos orientales en Judea refleja un cruce real de culturas, creencias y expectativas mesiánicas en el Próximo Oriente de época romana.
¿Y dónde entra el zoroastrismo en todo esto? Zoroastro, o Zaratustra, nació en el noreste de Irán o en el suroeste de Afganistán, seiscientos años antes del nacimiento de Cristo. Nació en una cultura politeísta, que al parecer incluía un excesivo sacrificio de animales y uso ritual de sustancias alucinógenas (especialmente la haoma, una planta no identificada con certeza). El nacimiento y los primeros años de Zoroastro están poco documentados, pero se especula mucho sobre ellos en textos posteriores.
Zoroastro enseñó una religión centrada en la lucha moral entre el bien y el mal, personificados en Ahura Mazda, dios de la verdad y la luz, y Angra Mainyu, espíritu del engaño y la destrucción. El ser humano posee libre albedrío y debe elegir conscientemente el bien a través de buenos pensamientos, buenas palabras y buenas acciones. El mundo es un campo de batalla ético, pero el bien triunfará al final de los tiempos, con un juicio final, la resurrección de los muertos y la renovación del mundo. La verdad (asha), el orden cósmico y la responsabilidad moral individual ocupan el centro de su mensaje.
Como vemos, todo esto tenía fuertes resonancias monoteístas, sobre todo si tenemos en cuenta el contexto de la época y lo comparamos con las religiones griega, romana e hindú, con sus panteones abarrotados de dioses y semidioses. En un primer momento, las autoridades religiosas locales se opusieron a las ideas de Zoroastro, considerando que su fe, poder y, particularmente, sus rituales se veían amenazados por las enseñanzas del profeta. Sin embargo, tras siglos de evolución, había llegado a tener arraigo en los grandes imperios persas, donde competía con el culto al dios Mitra.
Los magos, según el Evangelio, venían «del este», más literalmente «del amanecer», por lo que la hipótesis de que venían de Persia ha tenido arraigo desde hace tiempo. Aunque suene un poco raro que gente dedicada a la «magia» (fuertemente condenada por los judíos) aparezca entre los que adoran a Jesús, hay que ponerla en contexto: se refería más bien a hombres de ciencia. Además, estos sabios tenían conocimientos de las Escrituras, ya que en el Evangelio de Mateo se narra cómo citan al profeta judío Miqueas delante de Herodes: así está escrito por el profeta: «Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las poblaciones de Judá, pues de ti saldrá un jefe que pastoreará a mi pueblo Israel».
Los magos son un símbolo de la ciencia al servicio de la verdad: cuando sus cálculos y expectativas no cuadraban con la estrella, no la descartaron como un error o anomalía, sino que emprendieron el camino lejos de su hogar para descubrir el origen del misterio.













