La izquierda liberticida
Juan Van-Halen.- En el XIX abundaron las Correspondencias, colecciones de cartas de ciertos personajes relevantes, casi siempre justificativas. Acaso un día se edite la correspondencia de Sánchez. Tras aquella tierna carta a su mujer en apuros, ahora nos ilumina con una carta a sus militantes acaso para animarlos en un trance difícil, temerosos de qué será de ellos y del partido cuando dé la vuelta la tortilla. El PSOE, hoy sanchismo, podría desaparecer. Y el propio «puto amo» políticamente también. Lo escribí hace muchos meses: el espejo de Sánchez puede ser Craxi, y el del PSOE el extinto PCI.
Aunque Sánchez en su carta-apaño se considera un dirigente seguro «cargado de energía y con la ambición de siempre», presume de boyante economía (no va al mercado, vive en un palacio y lo pagamos todos), habla de «responsabilidad global» y se cree «el mayor contrapeso contra la internacional de la ultraderecha», lo cierto es que miente y sabe que miente. Si creyese lo que dice sería patológico, camino de ser tratado por especialistas.
Citar al pensador marxista alemán Bloch como su ejemplo, cuando habla de la esperanza, resulta curioso. Quien le haya incluido desconoce su trayectoria vital y política y su final. Obviamente, Sánchez no ha leído a Bloch ni le sonaba su nombre antes de encontrarlo en los papeles que le prepararon. La verdad es que la izquierda radical es liberticida. Esa izquierda en la que figura Sánchez aupado por sus socios, que tampoco han leído a Bloch, ni se han acercado a filósofos rigurosos. Filosofía y rigor han de ir unidos, como ya nos enseñaron Weber, Berlin, Strauss, nuestro Ortega y Gasset y tantos otros, por ahorrarme más citas.
La izquierda, y si es radical más, sólo se lee a sí misma, sus catones. Incluso aquellos que pasan por intelectuales, aunque a la violeta. Recuerdo un debate entre el historiador Fernando Paz y Pablo Iglesias sobre aspectos de la guerra civil. Sentí vergüenza ajena. Paz dio una implacable lección a Iglesias que intentó rebatirle desde su catón zurdo mientras su interlocutor manejaba datos contrastados. Podría acudirse a viejos ejemplos sobre la tendencia liberticida de la izquierda. Laínz recuerda la Revolución Francesa. Robespierre definió su gobierno como «despotismo de la libertad» porque «la república consiste en la destrucción de todo lo que se le oponga», mientras su colega Carrier sentenció: «O Francia se regenera a nuestra manera o la convertiremos en un cementerio». Robespierre y Carrier, expertos en masacres, acabaron en la guillotina.
Dirigentes de la izquierda radical, marxistas para no engañarnos, como Irene Montero, Ione Belarra, Yolanda Díaz o Enrique Santiago, secretario general del PCE, entre otros, han condenado, en defensa del derecho internacional, la intervención de Trump en Venezuela, con la DEA antidroga en vanguardia y cumpliendo un requerimiento judicial estadounidense que afectaba a Maduro. Podemos, Sumar, ERC, Bildu, partidarios desmemoriados de que la Unión Soviética sometiera a dictaduras comunistas los países que «liberó» durante la Segunda Guerra Mundial, incluso media Alemania, y olvidando las purgas de Stalin, por no recurrir a más ejemplos, ahora se sulfuran por la anunciada decisión de Trump. Ven lo que quieren e ignoran lo demás; proclamados falsamente demócratas cuando el comunismo fracasó. Pero aprueban el drama de Cuba desde hace casi setenta años.
Trump, tras una intervención medida, al dar su confianza limitada en el tiempo a Delcy Rodríguez, que se sabe vigilada, demuestra acierto. Impide una confrontación sangrienta con un Ejército «madurista» –de ahí el Cártel de los Soles–, y en un sistema todavía no desmontado. Sobre todo, desconociendo la respuesta de grandes naciones solidarias con las dictaduras. Trump se guarda cartas. Me sorprende un análisis diferente de Feijóo y Abascal. Y no menos de la UE. Corina, y le conviene, gobernará en una situación normalizada. Maduro es el primer capítulo. Zapatero, tiembla. Figura en las listas estadounidenses de colaboradores de la dictadura. Y no es el único.
Otra evidencia de la izquierda liberticida es, en España, la República de 1931. Desde un muro, que resucitaría Sánchez, dividió España en dos desde una Constitución sectaria. Una ley de Defensa de la República anulaba gran parte de los derechos constitucionales. Unamuno, republicano que por serlo sufrió condena, denunció que esa ley arbitraria impedía a los ciudadanos defenderse como en la Inquisición. No podían acudir a los tribunales sino al ministro de la Gobernación, que era el órgano sancionador. Laínz resume: «La ley anuló la libertad de expresión, la de prensa, el derecho de reunión, el de manifestación, el de asociación, el de huelga y el de tutela judicial efectiva».
En la historia liberticida de la izquierda debe incluirse a Largo Caballero, ‘el Lenin español’. Declaró: «Los socialistas no creemos en la democracia como valor absoluto; tampoco creemos en la libertad» y «la democracia es incompatible con el socialismo». Lo he citado en ocasiones anteriores. Mientras, la izquierda aparece, para los iletrados o los fervorosos, como defensora de la democracia y la libertad. El profesor Sanmartín Pardo se pregunta en un interesante trabajo: «¿Quién evalúa al evaluador? ¿quién controla al que controla? Dicho de otra manera, ¿por qué debemos confiar en personas que no soportan la crítica?».
Ahora Sánchez, con Lula, Petro y Sheinbaum, firma un alegato contra Trump. Menudas compañías. Y nos alejamos de los grandes de la UE. Nuestra izquierda radical, con su historia liberticida, no puede dar lecciones. Pero podría no mentir tanto, aunque lo haga al servicio de un mentiroso compulsivo.











