Sevilla, Majestad de Majestades
Sevilla, esa de la que Arturo Pareja-Obregón quería ser un vagabundo más, tapado por estrellas, en su canción Sevilla.
Esa ciudad que nombraba Carmelo Larrea cuando escribía: Sevilla tuvo que ser…
Esa del color especial. La ciudad del arte, del arte de verdad: de capote, de capirote, de faralae y, cómo no, de los Reyes Magos.
Hoy es la noche.
Esa noche mágica en la que los sevillanos nos volvemos niños.
Esa noche de charanga e ilusión, de Virgen de los Reyes y de Cigarreras.
Noche de baile, de palmas, de sonrisas que nacen solas y de ilusión desbordada.
De bullicio, de caramelo y caramelazo, del tío del paraguas, y del frío de enero que no importa porque el corazón va caliente.
Las calles se llenan de vida, de miradas al cielo, de manos pequeñas que aprietan fuerte las de sus padres.
Niños y niñas con un brillo especial y único en los ojos, que no solo ven a Sus Majestades de Oriente; ven algo más grande aún: ven a sus padres convertirse otra vez en niños.
Padres que un día fueron esos pequeños que esperaban nerviosos, que guardaban caramelos en los bolsillos, que soñaban con regalos y magia.
Hoy, esos mismos padres vuelven a sentirlo todo. Vuelven a creer.
Porque la Cabalgata no es solo un desfile.
Es un viaje al recuerdo.
Es volver a cuando tu padre te subía a hombros para que vieras mejor.
A cuando tu madre te abrigaba las manos heladas y te decía: “Mira, ahí vienen”.
Es recordar la primera vez que gritaste el nombre de tu Rey favorito, el primer caramelo que te dio en la frente, la primera emoción que no sabías explicar.
El amor es, sin duda, lo que hace que la Cabalgata sea tan especial.
El amor de padres a hijos, el amor a una ciudad que sabe parar el tiempo una noche al año para recordarnos quiénes somos y de dónde venimos.
¿Quién va en esas carrozas adornadas con tanto gusto?
Da igual.
Da igual quién sea el que saluda, el que lanza caramelos o el que sonríe desde lo alto.
Porque lo importante es el espectáculo, la música, los beduinos, el baile… y Sevilla.
Sevilla entera latiendo al mismo compás, creyendo en la magia, creyendo en los sueños.
Y mientras las luces avanzan, mientras suenan las bandas y los niños ríen, Sevilla se mira al espejo y se reconoce:
una ciudad que no quiere dejar de creer,
una ciudad que cada 5 de enero se hace pequeña para volver a ser grande,
una ciudad que, por una noche, vuelve a ser infancia.
Porque mientras exista la Cabalgata,
mientras exista esa ilusión compartida, gracias al Ateneo,
Sevilla nunca dejará de ser eterna.
No os olvidéis, iros a la cama pronto, acurrucaos y dejad volar esas mariposas de ilusión.
“¿Qué me traerán los Reyes? ¿Habré sido bueno?”, pensarán los niños mientras, nerviosos, tratan de dormir.
Y los papás y mamás, a recordar esas noches donde el amor se escondía en forma de regalo, y a disfrutar, de niño a niño.
Y recordad: Sevilla no es un cuento ni una historia inventada.
Sevilla es mi ciudad y es como un cuento de hadas.











