PDVSA: la joya de la corona petrolera hecha cenizas por el chavismo
Para comprender la riqueza que atesora Venezuela, hoy un país devastado, hay que echar la vista atrás. En 1950, mientras el resto del mundo se recuperaba de la Segunda Guerra Mundial, Venezuela tenía el cuarto PIB per cápita más rico del mundo. Era dos veces más rico que Chile, 4 veces más rico que Japón y 12 veces más rico que China, según recoge el Foro Económico Mundial.
De hecho, cuando Hugo Chávez accedió al poder, la economía del país caribeño no era de las que peor andaban en Iberoamérica, a pesar de afrontar una aguda crisis iniciada en 1998 que golpeó con fuerza en 1999, coincidiendo con su toma de posesión, y que combinó –de forma inhabitual– la peor recesión sufrida por el país en una década con un notable fortalecimiento de los precios de sus exportaciones de petróleo. Los gráficos del informe económico de la Cepal para ese 2000 y los dos previos dejaban patente que, aunque el déficit en cuenta corriente de la balanza de pagos de América Latina y el Caribe en 2000 bordeaba los 50.000 millones de dólares, Venezuela continuaba registrando un cuantioso superávit.
La política de limitación de la oferta petrolera supuso la subida de los precios de los hidrocarburos exportados por Venezuela de 9 a 23 dólares el barril durante 1999. Este alza permitió a Chávez limitar su déficit presupuestario a menos de 3% del PIB. También facilitó al Banco Central de Venezuela mantener su política cambiaria. El bolívar se depreció en un 15% respecto del dólar en el año, lo que hizo posible, junto con la caída de la demanda, sostener el proceso de desaceleración inflacionaria: los precios subieron un 20%, el mejor registro en más de una década. Los ingresos petroleros y la deprimida demanda de importaciones produjeron un abultado superávit comercial y un saldo favorable en la cuenta corriente, lo que permitió compensar las salidas de capital que huían del chavismo.
Chávez tomó posesión con la petrolera estatal PDVSA convertida en un referente para otras firmas públicas del sector en el continente, como la mexicana Pemex o la brasileña Petrobras. Su objetivo, proclamado a los cuatro vientos, era que las rentas petroleras llegaran a toda la sociedad, con la promesa de terminar con la pobreza. Una década después, todavía prometía lo mismo. Y eso a pesar de contar con los mayores vientos de cola, por la subida del crudo, nunca vistos desde la crisis del petróleo. El precio medio del barril pasó en 2004 de los 38 dólares a rondar los 100 dólares en 2008, manteniéndose incluso por encima de esa barrera hasta 2014, con Nicolás Maduro ya sucediendo a Chávez. Todo un decenio de cuantiosos ingresos gracias a la avidez de crudo, especialmente de China. Por entonces, no era raro ver delegaciones inmensas de petroleras rusas y chinas compartiendo hotel (y agasajos al régimen) con las de firmas americanas y europeas. Todas pujando por una parte del pastel de las mayores reservas de crudo. Sin embargo, esta bonanza se diluyó sin que nadie sepa muy bien dónde y un tercio del país tuvo que emigrar.
Hoy, entre escándalos de corrupción y accidentes, PDVSA, la joya de la corona petrolera ha quedado convertida en cenizas de una industria ruinosa. La falta de inversiones y el regalo de millones de barriles a países aliados hicieron que se dilapidaran recursos, lo que agudizó el declive entre 2017 y 2020, cuando la producción tocó suelo: Venezuela pasó de los 3,5 millones de barriles diarios en 1998, a 339.000 en agosto del 20.
El deterioro generalizado de las infraestructuras ha afectado a la industria petrolera venezolana. La Faja del Orinoco, que representa más de 50% de la producción total y que está conectada a líneas eléctricas de alto voltaje provenientes de la represa hidroeléctrica de El Guri, donde se genera la mayor parte de la electricidad de Venezuela, ha sufrido los cortes de corriente. PDVSA, que llegó a ganar premios por su baja tasa de accidentes, pasó a sufrir hasta tres diarios entre 2006 y 2011. En 2012, la petrolera estatal dejó de publicar estos informes tras la explosión en el complejo de refinado de Amuay, en el estado de Falcón, donde hubo 55 muertos.
Además, PDVSA se vio salpicada en 2023 por un escándalo de corrupción que derivó en el arresto del ex vicepresidente del gobierno de Nicolás Maduro y ex ministro petrolero, Tareck El Aissami.
Hoy, ante la imposibilidad de sacar crudo y de almacenarlo, la industria petrolera, que en noviembre bombeaba 1,1 mbd y que supone casi el 95% de las exportaciones, agoniza y la producción de la Faja del Orinoco se ha hundido un 25%. Hoy, tras 25 años de chavismo, Venezuela ni siquiera figura en el «top 10» de países exportadores y su peso en la OPEP es ridículo en comparación con el de Arabia Saudí y Rusia pese a disponer de las mayores reservas del mundo, el 17% del total.











