Sobre héroes y ratas
Roberto Granda.- Le tengo un sincero aprecio a don Joaquín Echeverría Alonso, el padre del llamado «héroe del monopatín», al que entrevisté en un par de ocasiones y con el que hablo asiduamente. Es un hombre bueno a quien la tragedia implacable golpeó de la forma más brutal. Me parece una persona noble y con una admirable entereza, y le deseo muchos años de vida superada.
Su hijo, Ignacio Echeverría, en 2017 y en Londres fue asesinado por la espalda durante unos atentados, cuando intercedió para defender a una mujer que estaba siendo apuñalada (y que sobrevivió gracias a Ignacio) por unos de esos chicos inadaptados, que en palabras del podemita Miguel Urbán, lo hacen porque no ven otra salida. Todo el mundo recordará el caso, así que no voy a extenderme en los pormenores.
Hace poco, don Joaquín escribió en una red social: «De todos los periodistas con los que traté a raíz de la muerte de Ignacio y traté a muchos, Javier Ruiz es el único al que tuve que colgar el teléfono por su impertinencia. La cadena borró la entrevista, supongo que avergonzada por la actuación de Ruiz».
Me pareció algo que por no bochornoso deja de ser bastante lógico, a tenor de la calaña del personaje: Javier Ruiz es un sujeto miserable y siniestro, no por ideología (hay buenas y malas personas a lo largo todo el espectro político, salvo quizá Bildu) sino por la forma rastrera, manipuladora y aborrecible de manejar la información y los datos, de dirigirse a los entrevistados con desprecio y tratando de ser intimidante, causando una grima visceral en cualquiera que no tenga la sesera hecha papilla por alto consumo de la más burda propaganda.
Hablé con don Joaquín Echeverría para conocer más detalles sobre la cuestión (y también para pedirle permiso para escribir este artículo) y me pudo comentar que aquello sucedió en esas angustiosas horas en las que todavía no se sabía la suerte de su hijo, las autoridades británicas habían decretado cerrojazo informativo y todo eran dudas, incertidumbre y especulaciones.
El padre estaba dando entrevistas para hacer algo de presión mediática y «que los ingleses se movieran y apareciera, vivo o muerto». Me dijo que, en el entonces programa matinal en Cuatro, a Javier Ruiz le tuvo que cortar la llamada, pues fue además el único periodista que se permitió una actuación poco respetuosa. Lo que ya tiene mérito. Loable galardón se lleva el individuo. Enhorabuena, mequetrefe.
Don Joaquín es un hombre educado y discreto, y por eso en nuestra charla supo explicarme lo acontecido y a la vez sortear con elegancia los escollos semánticos para criticar la conversación con Ruiz sin decir que se trató de la interacción con un auténtico pedazo de mierda. Porque ya lo digo yo.
En Cuatro, Javier Ruiz ya practicaba lo que se llevó a TVE cuando fue llamado a filas por Sánchez: una forma de comunicar basada en la inmoralidad, el populismo, el tratar a los espectadores como estúpidos congénitos e infantilizados, listos para el pastoreo. Todo lo que está mal en el periodismo y en la vida.
Curiosa trayectoria la del mamporrero. Abandonando la cabeza, el torrente sanguíneo le empujó hacia un desenlace previsible: juntarse con alguien como él o peor, del sexo opuesto. Una choni vocinglera, excesiva, irritante en sus formas bajunas, en su altivo sectarismo ignorante. Una pobre desvalida intelectual, una chabacana definida por la vulgaridad y la intolerancia a la mesura; cafre sin matices, capaz de despertar de forma espontánea esa sensación tan desagradable de la vergüenza ajena. En definitiva, un complemento perfecto para un tipejo como Javier Ruiz.
El «héroe del monopatín» nos llama tanto la atención porque en una sociedad con unos principios en declive y una cultura popular cada vez más banal, él supo escenificar aquello que todavía merece la pena rescatar del ser humano: la valentía, el coraje, el sacrificio, actuar con riesgo a la propia integridad pero de forma automática, porque lo llevaba en la educación, en el instinto, en su forma de ser. Por eso hizo lo que hizo, en lugar de salir corriendo o desentenderse del asunto, que es la opción mayoritaria cuando ocurre algo similar.
La gente opta por inhibirse cuando sobreviene el peligro, y así nos va; dejando que maltraten a mujeres a la vista de todos, que hordas de salvajes vandalicen las calles y el transporte público sin que nadie rechiste, haciendo de Europa un lugar peor, irreconocible, decadente. Con la cobardía de los que tuercen la mirada y luego se permiten poner en tela de juicio la actuación de los que sí se aventuran a intervenir. Eso fue lo que hizo Ruiz, interpelar al padre sobre la actuación del hijo.
El progre odia al hombre con valores porque siente un insuperable complejo de inferioridad ante él. Ve en la persona honrada los atributos de los que él carece, pues sólo es una alimaña interesada, oportunista y codiciosa, con fidelidades espurias. Abundan en los medios de comunicación del oficialismo. Feroces periodistas siempre en contra de los mismos, nunca equivocándose sobre qué cimbrel tienen que lamer. Han sido recolocados y agrupados en RTVE, para hacer frente común en defensa de la PSOE y sus sistémicas corruptelas. Javier Ruiz ni siquiera es el peor en un ente público que a diario da motivos para lamentar que nuestros bolsillos costeen a esa panda de sacamantecas.
Los impulsos primarios nos animan a que, al segundo después de que el sanchismo caiga, llevar felizmente a RTVE una grúa con bola de demolición y dejar libres los instintos para que los chabales irrumpan a golpe de maza y bidón de gasolina, y así saciar la sed de resarcimiento con una satisfacción salvaje.
Pero somos personas racionales y por eso se hará todo con una envidiable organización. El famoso pendulazo y la tan citada motosierra tienen que empezar en Prado del Rey. Y de ahí hacia lo demás. Sin perder los papeles ni la compostura, no somos animales ni islamistas. Pero con fría determinación. Como Ignacio Echevarría yendo decidido hacia los terroristas, armado con un simple monopatín.
Fuente: La Gaceta












Lo héroes son los catalizadores por los que que de algún modo siempre llega esa asombrosa justicia poética que pone las cosas, y en este caso. las ratas, donde deben estar.
Los héroes son los que defienden el mundo, y es que por ellos que aún no está perdido del todo..