Nicolás Maduro, de conductor de autobús a capo de la narcodictadura bolivariana
Maduro, de 63 años, comenzó a trabajar como conductor de autobús. Activista sindical fue escalando después de arrimarse a Hugo Chávez. El lider de la llamada «revolución bolivariana» le metió abrió paso para que ocupara un sillón en la Asamblea Nacional en 1999.
A medida que Chávez ganaba poder Maduro conquistaba espacio en las altas esferas. En 2012, cuando el exgolpista y posterior expresidente, por los votos, se fue a tratar su cáncer a Cuba entregó el testigo a Maduro. Tras su muerte Nicolás Maduro, respaldado por Cuba se convirtió en una caricatura de su mentor.
Maduro hablaba con pajaritos que identificaba con un Chávez reencarnado, trataba de copiar sus expresiones y modales, pero no lograba convencer. Por el contrario, lo que en el otro eran anécdotas eficaces, en él eran motivo de burla y escarnio.
En poco tiempo demostraría que su gobierno no era un chiste sino una tiranía capaz de mandar al Ejército a disparar contra jóvenes, mujeres y hombres que demandaban democracia, libertad y calidad de vida. En 2014 y 2017 se registraron los peores baños de sangre, contabilizando centenares de muertos, algunos con disparos a boca jarro.
Su vida la ha compartido con Cilia Flores, su poderosa compañera con la que contrajo matrimonio por la insistencia de Hugo Chávez que le parecía poco presentable que viviera en «concubinato».
No tienen descendencia en común, pero comparte su amor por los sobrinos de Cilia que quedaron detenidos y condenados en Estados Unidos al atraparles la DEA con 800 kilos de cocaína. Por ellos, por Efraín Antonio Campo Flores y Francisco Flores de Freitas, el subestimado Maduro negoció con el gobierno de Joe Biden su libertad y la del empresario Alex Saab, el testaferro que «lavaba el dinero sucio» al que Washington también liberó para asombro de medio mundo.
La crueldad del régimen de Maduro fue infinita. Aún hoy quedan más de 900 presos políticos en las mazmorras de la dictadura.
Durante las últimas elecciones de julio de 2024, el dictador se presentaba como el «Gallo Pinto», un ejemplar de pelea con las cuchillas afiladas en las patas y dispuesto a cortarle el cuello al que se le ponga por delante.
Aquella imagen y el pucherazo que dio al arrebatarle la victoria a Edmundo González Urrutia, ya son historia. Hoy, Donald Trump, ha acabado con él. Ahora falta ver si el régimen está liquidado, resurgirá con otro nombre o por fin, llegó el turno de María Corina Machado, la auténtica líder de la resistencia de Venezuela.












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