Zapatero en China: cuando la política exterior se convierte en negocio privado
Juan María de Andrés.- José Luis Rodríguez Zapatero ha pasado de ejercer como presidente del Gobierno de España a convertirse en un diligente intermediario de intereses económicos en China, en una trayectoria que plantea serias dudas éticas, políticas y morales. Lejos de representar los valores democráticos que decía defender, su actividad actual parece alinearse con uno de los regímenes más opacos y autoritarios del planeta.
No se trata solo de que un expresidente haga negocios en el extranjero —algo legal en abstracto—, sino de cómo, con quién y a costa de qué. Zapatero ha cultivado una relación privilegiada con las élites del Partido Comunista Chino, utilizando su antiguo cargo, su agenda internacional y su capital político para abrir puertas que jamás estarían disponibles para un ciudadano común. Esa influencia no se evapora al abandonar La Moncloa: se recicla, se monetiza y se convierte en mercancía.
El problema es que China no es un socio cualquiera. Es un Estado que reprime libertades básicas, persigue a disidentes, mantiene campos de “reeducación” para minorías como los uigures y ejerce una censura sistemática. Que un expresidente español actúe como facilitador de negocios y relaciones para ese régimen no es neutral ni inocuo: legitima internacionalmente prácticas incompatibles con los derechos humanos.
Además, el silencio de Zapatero ante estas violaciones resulta ensordecedor. Quien antes hablaba de diálogo, derechos y progreso social, hoy evita cualquier crítica que pueda incomodar a sus socios chinos. La coherencia política ha sido sustituida por la conveniencia económica.
Este tipo de “puertas giratorias internacionales” no solo dañan la credibilidad personal del expresidente, sino también la imagen de España. Transmiten la idea de que los cargos públicos son una inversión a largo plazo, una antesala para lucrativas actividades privadas una vez terminado el mandato. La política entendida como trampolín, no como servicio público.
Zapatero no rinde cuentas. No explica con transparencia cuál es su papel exacto, a quién representa ni qué intereses defiende realmente. Y mientras tanto, su figura es utilizada por China como aval político y diplomático en Europa y América Latina.
Quizá lo más preocupante no sea que Zapatero haga negocios en China, sino que lo haga sin pudor, sin autocrítica y sin asumir el coste moral de sus alianzas. Porque cuando un exjefe de Gobierno elige el dinero frente a los principios, el daño va mucho más allá de su reputación personal: erosiona la confianza en la democracia misma.











