Pilar Alegría, sanchista en vena y feminista impostada: una imposición de Moncloa rumbo al desastre en Aragón

La portavoz del Gobierno, Pilar Alegría, cenando con el presunto acosador sexual Paco Salazar (Foto: Artículo 14)
La candidatura de Pilar Alegría al Gobierno de Aragón esto no es solo una candidata más, sino alguien que representa la política centralizada y vertical del PSOE, más preocupada por su proyección nacional que por entender y atender las prioridades aragonesas.
Aunque Pilar Alegría es secretaria general del PSOE en Aragón, su perfil viene más ligado al aparato nacional del partido que a una trayectoria estable en la política autonómica. Su paso por cargos ministeriales en Madrid y como portavoz del Gobierno parece más un hito de lealtad a Sánchez que una señal de compromiso con Aragón.
De hecho, el líder popular en la comunidad, Jorge Azcón, ha llegado a insinuar que Alegría podría no “quedarse en Aragón” si no gana, reforzando la percepción de que no está genuinamente conectada con el territorio sino con el partido que la respalda desde la capital.
Su ascenso dentro del PSOE no estuvo exento de tensiones. La confección de listas y su papel en la organización del partido han sido descritos por críticos como impulsados de manera vertical, sin espacio suficiente para voces discrepantes dentro de su propio PSOE. El Partido Popular ha llegado a calificar su estilo como autoritario, acusándole de cerrar filas en torno a decisiones tomadas desde arriba.
En plena campaña, Alegría ha intentado proyectar cercanía con lo “rural” y lo aragonés. Sin embargo, su presencia en actos como tomarse un chocolate en un hostal de Sabiñánigo fue recibida en redes como una puesta en escena forzada y poco creíble, con usuarios ironizando sobre su autenticidad y su tendencia a centrarse más en simbologías que en propuestas efectivas.
Su discurso se basa en criticar a la derecha por “recortes” y defender un modelo de derechos sociales. Pero la campaña ha estado cargada de confrontación dialéctica, más que de propuestas claramente delineadas y con impacto comprobable para Aragón. El énfasis en enfrentarse al “modelo de las derechas” no siempre ha venido acompañado de un plan detallado que dé respuestas tangibles a problemas como la despoblación, el desempleo estructural o la gestión autonómica diaria.
La transición abrupta desde altos cargos del Gobierno de España a candidata autonómica refuerza la idea de algunos sectores de que su carrera política responde más a intereses partidistas que a un servicio público comprometido con Aragón. Esto se ve reforzado por su intensa vinculación con el proyecto político de Pedro Sánchez y por la narrativa de que su objetivo principal es derrotar al PP, antes que proponer una hoja de ruta propia para la comunidad autónoma.
La ministra y portavoz del Gobierno, Pilar Alegría, ha mostrado con hechos una preocupante tendencia: ante casos graves de acoso y abuso sexual vinculados a altos cargos de su propio partido, ha optado no por proteger a las víctimas, sino por encubrir, minimizar y normalizar conductas intolerables.
Un ejemplo claro: en noviembre de 2025 fue fotografiada comiendo con Francisco Salazar, un ex alto cargo del PSOE que fue apartado tras denuncias de acoso sexual por parte de varias mujeres que trabajaban para él y que, según diversas fuentes, no dieron lugar a una investigación interna solvente. Alegría calificó inicialmente a Salazar como persona “íntegra” y luego —tras la presión mediática— defendió que su reunión fue sólo “personal”. Esta actitud ejemplifica un trato condescendiente que equivale a encubrir el problema más que a enfrentarlo de frente.
Además, en estos mismos meses el PSOE ha sido sacudido por un escándalo de conducta sexual misógina que alcanza a varios de sus dirigentes, desde Ábalos hasta cargos provinciales. El rechazo interno ha sido lento y confuso, y la respuesta del partido ha quedado por debajo de la gravedad de los hechos.
Mientras tanto, Alegría se dedica a denunciar en redes sociales ataques machistas dirigidos contra su persona —con mensajes insultantes y vejatorios— y, sin embargo, parece incapaz de aplicar ese mismo rigor moral cuando los agravios afectan a las víctimas reales de acoso sexual dentro de su propio partido.
Esto plantea una pregunta elemental: ¿para quién defiende el feminismo Pilar Alegría? ¿Para ella misma como figura pública cuando recibe insultos, o para las mujeres que han sufrido acoso y abuso en entornos laborales del PSOE?
No basta con declaraciones grandilocuentes ni con defender tus propios derechos ante ataques de Internet. Cuando una organización política —el PSOE— tiene en sus filas a personas acusadas de acoso sexual, y cuando la dirección tolera o diluye esas acusaciones hasta hacerlas desaparecer, eso no es “confianza personal”, es protección institucional del agresor.
El problema no es sólo que la ministra se reúna con alguien señalado por testimonios de acoso; lo grave es que lo justifique y normalice en público, sin exigir públicamente una investigación exhaustiva y transparente, ni manifestar un compromiso firme y verificable con las víctimas que han denunciado.











