La apuesta por la centralidad está erosionando el voto del PP y engordando a Vox
AD.- Desde hace años, el Partido Popular ha hecho de la “centralidad” su mantra estratégico. Una palabra amable, tranquilizadora, casi indiscutible en apariencia. ¿Quién podría estar en contra de la moderación, del consenso o del sentido común? Sin embargo, la experiencia electoral reciente demuestra que esta apuesta no solo no ha consolidado al PP como fuerza hegemónica de la derecha, sino que ha contribuido de manera decisiva a su pérdida de votos y a la desmovilización de una parte relevante de su electorado natural.
En Extremadura, la apuesta por la centralidad no supuso apenas trasvase de votos de la izquierda moderada al PP. Fueron más los sufragios transferidos a Vox procedentes de antiguos votantes progresistas.
Ayuso sí ha entendido la estrategia a seguir. Con un discurso sin medias tintas ni matices en torno a cuestiones ideológicas de fondo, la mandataria madrileña no atrae a los votantes del PP, sino que ha horadado el espacio electoral de Vox.
La apelación constante del Partido Popular a la “centralidad” no es una estrategia neutral ni un simple posicionamiento táctico: es, en la práctica, una renuncia ideológica. Bajo la apariencia de moderación y pragmatismo, el PP ha ido abandonando los fundamentos doctrinales que históricamente dieron sentido al espacio liberal-conservador en España, sustituyéndolos por un discurso desideologizado que no convence ni moviliza.
Mientras el PP suaviza su discurso en cuestiones clave —unidad nacional, política fiscal, seguridad, inmigración o memoria histórica—, muchos votantes tradicionales perciben un mensaje cada vez más parecido al de sus adversarios. Para esos votantes, la pregunta era inevitable: ¿para qué votar una copia si existe el original, o una alternativa que al menos parece más firme en sus convicciones?
La centralidad mal entendida no atrae nuevos votantes si al mismo tiempo expulsa a los propios. El electorado no premia la ambigüedad, sino la coherencia. Y el PP puede pagarlo a caro su tendencia a evitar posiciones claras por miedo al qué dirán mediático o al desgaste coyuntural. En un contexto de polarización, la tibieza no se percibe como virtud, sino como debilidad.
Además, la estrategia de centralidad ha sido asimétrica. Mientras el PP se desplazaba hacia el centro, la izquierda no hacía concesiones equivalentes. Al contrario: el PSOE ha asumido sin complejos posiciones cada vez más escoradas, apoyándose en fuerzas radicales y nacionalistas, sin que ello le haya impedido retener poder. El resultado es un tablero inclinado, en el que solo uno de los jugadores decide autolimitarse.
Otro efecto pernicioso de esta apuesta ha sido la desmovilización. El votante que no se siente representado no se radicaliza necesariamente; muchas veces simplemente se queda en casa. La abstención silenciosa ha sido una de las grandes derrotas del PP, más difícil de medir que la fuga directa de votos, pero igual de dañina. Un partido que no ilusiona no moviliza, y sin movilización no hay mayorías posibles.
La centralidad, además, no puede ser un fin en sí mismo. Debe ser una consecuencia natural de un proyecto sólido, no una coartada para evitar el conflicto político. Gobernar exige tomar decisiones, y toda decisión implica elegir, priorizar y, en ocasiones, incomodar. Un partido que aspira a liderar España no puede limitarse a administrar encuestas o a modular su discurso según el último titular.
El PP necesita recuperar algo que ha ido perdiendo en su obsesión por parecer “transversal”: convicción. Convicción en sus ideas, en su electorado y en su papel como alternativa real de gobierno. No se trata de extremarse, sino de dejar de pedir perdón por defender principios que durante décadas articularon mayorías sociales amplias.
La centralidad, tal y como ha sido asumida por la dirección del PP, no es un punto de equilibrio entre ideas en conflicto, sino un vacío. No es síntesis, sino evasión. En lugar de disputar el marco cultural dominante, el partido ha optado por acomodarse a él, aceptando como inevitables muchos de los postulados ideológicos de la izquierda: desde la visión del Estado como ingeniero social hasta la relativización de la nación como sujeto político.
El problema de fondo es que la política no se desarrolla en un terreno técnico, sino en un campo de batalla ideológico. Quien renuncia a dar esa batalla acepta implícitamente la hegemonía del adversario. El PP ha confundido gobernabilidad con neutralidad, cuando en realidad toda política pública expresa una concepción del hombre, de la sociedad y del poder. Fingir lo contrario no es moderación: es autoengaño.
Al abrazar una centralidad acrítica, el PP ha interiorizado el marco moral de la izquierda. Conceptos como “progreso”, “derechos”, “inclusión” o “memoria” se han aceptado sin disputa semántica, como si fueran categorías universales y no construcciones ideológicas. El resultado es un partido que gestiona leyes ajenas, asume lenguajes que no son los suyos y renuncia a articular un relato propio sobre libertad, responsabilidad, nación y bien común.
Desde una perspectiva liberal-conservadora, la centralidad debería consistir en ofrecer una alternativa sólida al estatismo creciente, a la fragmentación identitaria y al relativismo moral. Sin embargo, el PP ha preferido eludir estas cuestiones por temor a ser etiquetado como “ideológico”, olvidando que la ausencia de ideología no existe: solo existe la ideología no reconocida.
Esta renuncia tiene consecuencias profundas. Un partido que no cree en sus propias ideas termina defendiendo políticas ajenas con menos convicción que quienes las impulsaron. La derecha acomplejada no construye hegemonía cultural; se limita a administrar el consenso impuesto por otros. Y cuando la derecha asume el marco de la izquierda, la izquierda ya ha ganado, incluso aunque pierda elecciones puntuales.
La centralidad, entendida como desplazamiento permanente hacia el centro definido por el adversario, no es moderación, sino subordinación. No amplía el espacio político, lo estrecha. No suma, sino que desarma intelectualmente a quienes aún esperan del PP una defensa clara de principios como la igualdad ante la ley, la libertad educativa, la soberanía nacional o la limitación del poder del Estado.
La lección es clara: la centralidad no se conquista renunciando a la identidad, sino afirmándola con inteligencia. Cuando el PP vuelva a entender esto, dejará de perder votos por el centro y empezará a recuperarlos por la claridad.
Si el PP quiere dejar de perder votos y, sobre todo, de perder sentido, debe abandonar la ficción de la centralidad como refugio ideológico. La verdadera centralidad política se alcanza cuando un proyecto es capaz de articular una visión coherente de la sociedad que resulte mayoritaria, no cuando se diluye para evitar el conflicto. Sin ideas claras no hay proyecto; sin proyecto no hay liderazgo; y sin liderazgo, la centralidad es solo un espejismo.













Centralidad? Agenda 2030 en vena. El ” evangelio” según Margallo. El régimen del 78 es un Single con dos caras , la ” A” y la ” B”, y, en ambas caras suena la misma canción:Agenda 2030 , destrucción de España.
El bono transporte que han aprobado hoy no es más que mayor control de los viajes de las personas, pudiendo trazarse todos los itinerarios de los que se apunten.
O sea que el gobierno se gastará dinero público en estos perversos proyectos.
¿Por qué no bajan el precio de los transportes o de lo que les influye? Lo que no lleva al control no les interesa.
Espero que alguien diga algo de este componente de esta hoja de ruta de control tecnológico, fin de la libertad, etc.
Por cierto, estoy leyendo en otros digitales que Jordi Sevilla está lanzando una alternativa a Sánchez. Jordi Sevilla. Primero que nos explique a todos donde fue a para el dinero de Duro Felguera. Eso empezando por ahí. Sí. Nadie habla de Duro Felguera. Una empresa importantísima en Asturias. Donde está el dinero del rescate que se le dio en 2021 estando el Jordi Sevilla y el Valeriano Gómez en el Consejo de Administración? Donde?
Efectivamente, “el marianismo” o el “pragmatismo” que sugiere el artículo representa la ruina; incluso el “aznarismo”… A estas alturas resulta indiferente que sea por idelogía o pragmatismo que el votonto eche la papeleta en una urna, ya sea de diestras o de siniestras, cuando el objetivo de supervivencia es acabar con el régimen liberal del 78, aunque esto suponga una entelequia o en el menor de los casos retrotraernos a los años de la posguerra, con una deuda impagable y el regreso al régimen autárquico; todo en términos económicos, porque la soberanía nacional dependiente de la soberanía económica ha sido… Leer más »
Su centralismo es ocultar la bandera de España para no molestar… ¿A quién?
Más que “centralidad” lo que hay que estar es centrado. Centrado en lo que debería representar su partido, no esta ceremonia de la confusión actual que tanto desaprueban los españoles.
Porque no es cuestión de ser simplemente menos malo. Es cuestión de no ser malo en absoluto, y por lo tanto, actuar de acuerdo con lo que esto supone,
Ha estado interesante la primera parte de Todo es Mentira, con la participación de Albiol.