Socialistas ¿Todos sois cómplices?
Escribo este artículo desde las antípodas ideológicas del PSOE. No soy socialista, no lo he sido ni lo seré. Pero precisamente por eso —y por mi compromiso con la democracia, el Estado de derecho y la Constitución de 1978— me veo en la obligación moral de volver a escribir estas líneas. Ya lo hice hace unos meses, cuando apenas se conocía una parte de lo que hoy está sobre la mesa. Entonces algunos miraron hacia otro lado. Hoy, hacerlo ya no es ingenuidad: es complicidad.
Porque los hechos, siempre presuntos desde el punto de vista judicial, se acumulan hasta formar un panorama políticamente insoportable. Exdirigentes socialistas encarcelados o en prisión preventiva, antiguos hombres fuertes del partido imputados por corrupción, asesores detenidos, tramas de contratos públicos bajo investigación, y un goteo constante de escándalos que afectan al núcleo mismo del poder.
Ahí están los casos que rodean a José Luis Ábalos, exministro y exnúmero dos del PSOE, y a su entorno más estrecho. Ahí está la investigación sobre Koldo García, ya en prisión. Ahí están las causas abiertas que afectan al hermano del presidente del Gobierno, y la investigación judicial sobre la esposa de Pedro Sánchez, que por sí solas deberían haber provocado una reacción política inmediata, aunque solo fuera por higiene democrática. Y ahí están también las denuncias por abusos sexuales y comportamientos impropios dentro del ámbito socialista, que han terminado en dimisiones y procedimientos judiciales o internos.
No se trata de condenar sin sentencia. Se trata de asumir responsabilidades políticas, algo que el PSOE exigía —con razón— a otros cuando los escándalos afectaban a gobiernos ajenos. Hoy, sin embargo, el listón ético parece haberse rebajado hasta desaparecer.
Lo más preocupante no es que existan casos judicializados. Ninguna gran organización está libre de corruptos o abusadores. Lo verdaderamente alarmante es la reacción del partido: cerrar filas, minimizar, relativizar, desacreditar al mensajero y aguantar hasta que pase el temporal. Y, sobre todo, el silencio atronador de miles de cargos socialistas que saben que esto no es normal, que esto no es aceptable, y que aun así callan.
Alcaldes, concejales, diputados, dirigentes orgánicos y militantes con responsabilidades públicas que prefieren no incomodar al líder, no perder el puesto o no salirse del guion. Socialistas que siguen pidiendo el voto mientras evitan pedir explicaciones. Que se proclaman progresistas mientras toleran lo que dicen combatir. Que hablan de ética pública mientras sostienen con su silencio una organización que hoy aparece manchada.
No escribo esto para destruir al PSOE. Al contrario. España necesita un PSOE fuerte, limpio y creíble, como lo necesita cualquier democracia plural. Pero ese partido no puede construirse sobre la negación de la realidad ni sobre la defensa automática de lo indefendible. Defender al socialismo no es defender a los corruptos ni a quienes han utilizado el poder para su beneficio personal.
Por eso este editorial va dirigido, especialmente, a los socialistas honestos. A los que aún creen que la política es servicio público y no una carrera de resistencia al escándalo. A ellos les corresponde exigir la renuncia de quienes han convertido el partido en un problema para la democracia, reclamar una regeneración real y dejar de apoyar —por acción u omisión— lo sucio y lo corrupto.
Porque callar ya no es una opción digna. Y porque la democracia se defiende también exigiendo limpieza en los partidos que la sostienen, incluso —y sobre todo— cuando no son los tuyos.











