Pedro Sánchez está dando un autogolpe de Estado
Antonio R. Naranjo.- No hace falta ninguna condena penal, que llegarán, y tal vez hasta lo más alto, para despreciar profundamente a Pedro Sánchez, a su pocilga política, que lo es por corrupción pero también por malversación del sentido de Estado. Ahí lo tienen, un fraude indigno que nunca debió gobernar contra los ciudadanos y solo lo hace gracias a un terrorista, un prófugo, un golpista y algunos chavistas. Lo duro no es decirlo, es que sea así.
Y ahí lo tienen, todavía, aferrado como un loco al trono sin el respaldo inquebrantable de todos ellos, vendiendo la idea de que se puede ser presidente sin el voto popular y, además, sin mayoría parlamentaria, lo que le impide aprobar presupuestos y legislar, aquí felizmente: de su sentina ideológica y por sus urgencias judiciales solo podrían salir leyes represivas, meras corazas para salvar esa parte donde la espalda pierde su nombre y no acabar quizá en la Agrupación Socialista de Soto del Real, la más vistosa ya de España.
Lo que está haciendo Sánchez es un autogolpe, que es lo que se hace desde el poder para librarse del escrutinio público, institucional y legal: las formas son algo mejores, más refinadas y europeas, pero no hay grandes diferencias entre la insurgencia de esta calamidad democrática y las de Alberto Fujimori o Pedro Castillo, ambos en Perú con una diferencia de tres décadas: los tres se resisten a devolverle la decisión al pueblo y los tres coinciden en hacer lo imposible, a cualquier precio, por librarse de las consecuencias de todo tipo que sus trayectorias exigen.
La presencia de todos sus generales, de su esposa, de sus asesores vip, de sus ministros más distinguidos y de él mismo en la interminable lista de investigaciones de la UCO, de sumarios judiciales e incluso ya de condenas es suficiente, en un ecosistema democrático sano, para desalojar al responsable de todo ello: hemos visto dimitir a primeros ministros y presidentes, en todo el mundo occidental, por juegos de niños al lado de la bacanal grosera del sanchismo, que culmina la agresión a los usos y costumbres europeos guardando silencio de cada cosa o hablando solo de ellas para presentarlas como una conspiración digna de una respuesta legislativa que reparta bozales para todos los «rebeldes».
Si a todo eso se le añade el bloqueo de España, resumido por la imposibilidad de aprobar la ley anual que fija los gastos e ingresos del país, las expectativas fiscales, las inversiones previstas, las prioridades e incluso la opción de acceder a Fondos Europeos; la conclusión no puede ser otra: estamos ante un autogolpe de alguien que no puede gestionar el poder, pero no lo quiere soltar por miedo a las consecuencias de sus propios actos.
Que en ese viaje rebelde cuente con el respaldo, solo para sobrevivir, de quienes le regalaron la Presidencia, retrata a la vez toda la trayectoria de este inmoral con alma norcoreana y acento venezolano, todo por necesidad más que por convicción ideológica, de la que carece: Junts, Bildu, ERC o Sumar siguen ahí en exclusiva para mantenerle con respiración asistida, con una simulación de pacto que en realidad es un secuestro recíproco: uno para pelear contra el Estado de Derecho, los otros para extraer hasta la última gota de sangre al triste presidente en el que parasitan.
Y con esa nefanda coalición de autogolpistas y saqueadores, unos horteras y otros de guante blanco, al ciudadano que no llega a final de mes y le estrujan a impuestos, le queda un único papel frente al que hay que resistirse: el de rehén de una democracia secuestrada por una banda de delincuentes y autoritarios dispuesta a hundirlo todo si con ello logran, milagrosamente, salir indemnes.
España, y tal vez el mundo, no va ya de izquierdas o de derechas: se trata de estar con la democracia o contra ella. Y quien esté con Sánchez, no cree en ella.












Un artículo perfecto, para enmarcar
Exactamente bien descrito,