La conjura de los espartacos
Laureano Benítez (artículo extraído de su libro BABILONIA 2.0: El Mundo de la Bestia) Desde que el mundo es mundo, desde que el primer primate surgió —o eso dicen— allá en la lejana garganta de Olduvai y sintió la fragilidad de su existencia en un mundo hostil, el ser humano ha soñado con mundos perfectos, con tierras prometidas donde pudiera disfrutar por fin de una felicidad plena, de un eterno bienestar, que además le fuera concedido sin esfuerzo, gratuitamente, y sin medida.
Así nacieron las Arcadias, las Jaujas, los Eldorados, los Edenes, los mil y un Paraísos con ríos de leche y miel; así surgieron los Mesías, los profetas a la vez heraldos y guías de esas nuevas tierras, los hierofantes iluminados que nos aseguraban nirvanas en la eternidad, los salvapatrias y cambiamundos que pueden prometer y prometen que nos llevarán a esos mundos felices si les seguimos, si les votamos, si hacemos genuflexiones ante ellos, si les rendimos culto con los botafumeiros de la adulación, con el incienso de nuestro servilismo.
«Yo soy Espartaco», dicen —eso mismo fue lo que dijo Adam Wieshaupt, el fundador de los illuminati, que adoptó el seudónimo de Spartacus— con una pose muy estudiada, mirando a los tendidos de sus claques con ojos brillantes de falsa luz celestial; otros con el puño en alto, mirada galáctica bien ensayada. Y ahí va el rebaño, tras sus Hamelines, tras los Empaladores, tras los Maestros iluminados, tras los Moisés de pacotilla que proclaman urbi et orbe que son los elegidos de los dioses para llevar a las famélicas legiones y a las cohortes de ignorantes a numinosos Walhallas, a deliciosos prados donde folgar llenos de solaz. Y, además, gratuitamente, pues arrojarán a «la gente» una lluvia de oro desde las alforjas que habrán arrebatado, como nuevos Prometeos, a los plutócratas del Olimpo.
Desde sus tribunas mediáticas, desde sus púlpitos enmoquetados, desde sus mesiánicos Sinaís, dicen al pueblo con tono solemne: «A todos los sedientos: venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed. Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche» (Isaías. 55:1).
Pero estos mesías de pacotilla, estos redentores de «la gente», estos héroes de pretendidas revoluciones populares no son sino correveidiles de poderes invisibles, de los cuales constituyen sus más perfectos lacayos, muñecos manejados por poderosos ventrílocuos, robots teledirigidos desde un gigantesco Matrix paraíso de plutócratas y tecnócratas.
Pero estos espartacos no son sino “falsos profetas”, que se pasean por Babilonia con sus caballos de Troya; no son sino emperadores desnudos de la plebe que les agasaja y babea ante su presencia, convirtiéndolos en ídolos ante los que se estremecen como si pertenecieran a una secta, ya que el movimiento globalista que devasta hoy la sociedad occidental, además de crear siniestros ateneos desde donde las oligarquías de los potentados han dirigido el mundo, ambiciosos círculos financieros, tenebrosas camarillas de reyezuelos y señores maquiavélicos obsesionados con el poder y la riqueza; además de engendrar organismos, fundaciones, instituciones, asociaciones, oenegés, think tanks, han diseñado telepredicadores de aleluyas y hosannas, disidentes de mandil y oro, caudillos de máscaras e incienso, espartacos de vodevil, profetas numinosos, iluminados mesías que prometen a los borregos espectaculares libertades, cornucopias celestiales, una felicidad aureolada con democracias ferpectas, y etcétera.
Enarbolan la luz de Prometo, proclamando urbi et orbe que han robado a los dioses el fuego sagrado para traerlo a la Tierra y compartirlo con los humanos, perfeccionándonos con sus resplandor, divinizándonos, entronizándonos por fin en las moradas celestiales, ahítos de paz y libertad.
Haciendo genuflexiones al pie de estos mesías, de estos espartacos, las masas ovejunas les votan, les inciensan, les bailan el agua, y, estando ya seguros de que tienen a un salvador que les sacará de su marasmo vital, de su ruina económica, de su opresión bajo la bota totalitaria del globalismo, les entregan su obediencia, abdicando de emprender ellos mismos la lucha por su libertad y su dignidad, confiados en la creencia de que ya tienen a quien pondrá cascabeles a los gatos, quien derrotará a las fuerzas del mal en todas las termópilas, quien meterá a toda la gentuza opresora en las cárceles del Averno, quien derrumbará con estrépito las columnas de Satanás.
Es así como el pueblo, como la masa aborregada no se quiere dar cuenta de que nadie nos salvará, que no existe ningún mesías que dará su sangre por la libertad de la gente, que los espartacos de salón no nos llevarán a ninguna Tierra Prometida, ya que cada uno de nosotros debe empuñar su honda para derrotar al Goliath de la Agenda 2030: cada uno de nosotros debe ser su Mesías, su Espartaco, su Caudillo…
Pero creyendo en sus espartacos teledirigidos, la disidencia aborregada puede ya echarse a dormitar en sus divanes, emprendiendo la extraordinaria batalla de compartir mensajes; o bien puede ya disfrutar en las terrazas cerveceras, satisfechos y felices de que, al fin, han encontrado al líder que les sacará las castañas del fuego, que se encargará de vencer a Leviatán, al Goliat del globalismo, a las huestes luciferinas del Nuevo Orden Mundial.
Con la conciencia tranquila, confiando ciegamente en sus adalides, ya puede, ¡aleluya! dedicarse al visionado de sus series favoritas: ¡¡Aleluya!!
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