La estrofa 1.014 del Libro de buen amor. Reconstrucción del arquetipo
Por Alberto González Fernández de Valderrama.- En el episodio “De lo que contesçió al Arçipreste con la serrana e de las figuras d’ella” nos encontramos, en la estrofa 1.014, con una palabra jamás comprendida por la crítica filológica, “moxmordos”, que ha dado pábulo a todo tipo de especulaciones estériles su supuesto significado y etimología. Considerada hasta ahora un hápax (una voz de existencia única en esta estrofa) trataré de demostrar que no es sino una deturpación de otra palabra bien conocida del vocabulario medieval, que encajará perfectamente en su contexto. Pero hay más enigmas en esta estrofa, que se ponen de manifiesto al cotejar su imagen en los dos manuscritos en que nos ha llegado, el ms. S, y el ms. G, ya que su texto apenas coincide, salvo en el tercero de sus versos, lo que hará necesario realizar un análisis detallado de cada uno de ellos para tratar de reconstruir el arquetipo perdido en base a hipótesis razonables. Y para ello volveré a hacer hincapié en lo que ya he manifestado en anteriores trabajos en cuanto a la poca credibilidad que ofrece el primero de dichos manuscritos, que bien parece confeccionado delicadamente con la intención de ofrecer un bello producto a la vista y no con la de reflejar fielmente la grafía del subarquetipo que debía reproducir, a diferencia del segundo.
Situemos la estrofa en su contexto. A lo largo de las dieciséis estrofas de las que consta el episodio, el poeta satiriza, en los términos más despectivos imaginables, el aspecto físico de una serrana con la que dice haberse encontrado en el puerto de la Tablada. En la presente continúa con la descripción detallada de los rasgos de su cabeza que había iniciado dos estrofas atrás.
Según la edición de Blecua, que sigue fielmente la lectura del ms. S, dice:
“Su boca de alana e los rostros muy gordos, (1.014)
dientes anchos e luengos, asnudos e moxmordos,
las sobreçejas anchas e más negras que tordos;
¡los que quieran casarse, aquí non sean sordos!”
No obstante, según el ms G su texto es el siguiente:
“Su boca de alana, grandes rostros e gordos,
dientes anchos, luengos, caballunos, moxmordos,
las sobrecejas anchas, más negras que tordos,
los que quieren [q…o…r (?)] non sean aquí sordos”.
¿Cómo es posible que estos textos sean tan diferentes entre sí? Trataremos de encontrar una respuesta razonable a esta pregunta analizando detalladamente la estrofa en cada uno de los manuscritos mencionados.
1. Análisis del primer verso
El primer hemistiquio, coincidente en ambos manuscritos, es fonéticamente hipométrico debido a la sinalefa que nos lleva a pronunciar las sílabas contiguas “de” y “a” como una sola. Por otra parte, produce cierta extrañeza que el poeta no haya recurrido al masculino genérico al referirse al animal, pues no hay ningún rasgo en la boca de la hembra del alano que la distinga del macho. Formalidades aparte, las referencias a la nariz larga y curvada parecida al pico de un zarapico y a los dientes muy largos (además de estrechos y puntiagudos como veremos dentro de unas líneas) no encaja con la forma del hocico de un alano. No me parece que el poeta esté satirizando un caso de prognatismo bimaxilar sino solo mandibular, por la mera prominencia del maxilar inferior sobre el superior, como podría suponerse con la reconstrucción del cuarto verso de la estrofa 1013 a la que me he referido en otro trabajo recientemente publicado.
Como vemos, ambos manuscritos difieren en sus respectivas lecturas respecto del segundo hemistiquio, ya que el ms. S no menciona grandes, quizás por considerarla redundante con gordos. Pero, como vengo manteniendo en mis últimos trabajos, me parece mucho más próximo al original el ms. G, por lo que en caso de duda, optaré por las lecturas de este último. Lo más llamativo de este hemistiquio es que el poeta emplea el término “rostros” para referirse a los labios de la mujer, muy largos y carnosos. Pero en la literatura medieval esta palabra, en plural y referida a los labios, era extremadamente inusual, prefiriéndose “labros/labrios” y, secundariamente,“beços”, ya que el “rostro”, en singular, designaba la cara del hombre y la boca u hocico del animal. El Arcipreste se refiere a los labios en otros tres versos y siempre empleando el término más común: 434d: “los labros de la boca bermejo, angostillos”; 1487b: “la boca non pequeña, labros al comunal”; 810a: “los labrios de la boca tiénblanle un poquillo”. Por su parte, se refiere al rostro con el significado mencionado en los versos 395c (ms. G): “como mula camursia aguza rostro e dientes”, 778b: “diole la puerca del rostro, echole en el cauce”, 1374d: “alegría, buen rostro con todo esto se allega” y 1704b : “et con rabia de la muerte [el can] a su dueño traba al rostro”.
Tan inusual debía de ser el empleo de “rostros” para designar a los labios de una persona que el Tesoro de Covarrubias (1611) no recoge esa acepción en su definición en la entrada rostro: “Del nombre Latino rostrum, y en rigor vale el pico del ave, pero comúnmente se toma en el hombre por la cara […]”. Tampoco la recogerá el Diccionario de Autoridades (Tomo V, 1737) que, no obstante, amplía la definición de Covarrubias: “el pico del ave; y por extensión se dice de otras cosas en punta parecidas a él”. A la vista de todo ello podemos preguntarnos por qué en este concreto verso no quiso el poeta emplear su habitual término “labro/labrio” y recurrió a una palabra tan sumamente inusual?
La única explicación que se me ocurre es que se tratara de un recurso poético para evitar una aliteración que le pareciera cacofónica al poeta o a un copista posterior. Y esto solo podría ocurrir si la palabra precedente en el verso, alana, en realidad fuera la terminación de un verbo en tercera persona del pretérito imperfecto de indicativo: “-alaba”, escrito en grafía medieval -alava (o quizás -alaua). En tal caso, si damos por original la sílaba “de” anterior, tendríamos que pensar que entre de y -alava existía una ese alta (uno de los alógrafos con que se escribía esta letra), fácilmente confundible por un escriba con una línea oblicua de separación entre palabras que por error se han escrito muy juntas, lo que le habría hecho reproducirlas más separadas y sin la supuesta raya, cambiando así totalmente de sentido al verso que copiaba. Si reintegramos al texto esa letra tendríamos la palabra “de[s]alavan”, del verbo “desalar”, que significaba “desplegar”, y se aplicaba a las alas de los animales y de los ángeles (en tal sentido la emplea Berceo) y a los brazos de las personas cuando están abiertos de par en par, según nos informa Covarrubias, en la entrada “desalarse” de su diccionario, considerándolo verbo intransitivo:
“DESALARSE, abatirse con gran contento y alegría a alguna cosa de gusto, como haze el ave de rapiña, quando ha avido a las manos alguna presa que está sobre ella tendidas las alas; y el gallo quando quiere tomar la gallina haze lo mesmo. Venir uno contra otro desalado es venir los braços abiertos a recebirle y abraçarle”.
Por lo tanto, pudiera ser que este verso -ya alejandrino- expresara en su origen que la mujer cuando hablaba desplegaba unos labios muy largos y abultados: “su boca desalaba grandes rostros e gordos”. No obstante, esto es solo una hipótesis que dejo a la libre valoración del lector, por lo que aceptaré -con poco convencimiento- la lectura del ms. G en tanto no aparezca otro manuscrito que refuerce aquella.
2. Análisis del segundo verso
Lo primero que me llama la atención del primer hemistiquio en el ms. G es que al sustantivo dientes, a diferencia de los que encabezan los versos primero y tercero le falta un determinante que convierte al verso en hipométrico. El ms. S lo ha solucionado añadiendo la conjunción “e” entre anchos y luengos. Pero, probablemente, en el arquetipo, recurriendo a un esquema paralelista, dientes iría precedido por el adjetivo posesivo sus o por el artículo determinado los. Teniendo en cuenta que los versos tercero y cuarto comienzan por un artículo, probablemente para evitar la cacofonía emplearía el posesivo, también utilizado en el primero, distribuyendo así equitativamente su estrofa en sendos grupos de dos versos cada uno.
Entramos ahora en el segundo hemistiquio, en el que radica la mayor dificultad de reconstruir el texto original. El problema no es solo que contiene la extraña palabra moxmordos sino que la palabra precedente es distinta en cada manuscrito. En el ms. G se lee sin mucha dificultad caballunos mientras que el ms. S transcribe asnudos. Es esta una de las circunstancias que indican que el ms. S no puso ser una copia directa del ms. G aunque sí muy próxima. A salvo de que al copista de aquél le sonara mejor un adjetivo de tres sílabas para poder conectarlo con el siguiente mediante la conjunción “e, y por tanto su falsificación fuera totalmente consciente, la explicación posible de semejante cambio es que ni uno ni otro copista entendieran la palabra escrita en su correspondiente subarquetipo. Trataremos de resolver este misterio.
Puesto que no está documentada la palabra moxmordos es preciso considerar que tal palabra no existe. Examinemos el ms. G: La caligrafía de esta palabra es tan irregular e imprecisa que solo podemos estar seguros de que termina en “-ordos” y de que existe un signo similar a una cruz tras la primera sílaba. Pero…¿se trata realmente de una equis? Desde luego que no, ya que nos lleva a un callejón sin salida. La única posibilidad es que se trate de un óbelo, es decir, de un signo de amanuense con el que el escriba indicaba que en ese punto concreto no entendía lo que tenía que transcribir. Sin embargo, ningún editor del Libro se percató de ello.
T. Sánchez (1790) transcribe asnudos e moy mordos pese a que en sus notas suplementarias no recoge la entrada mordo sino moxmordo,da con el comentario: “Parece muy mordedor”. Janer (1846) y Ducamin (1901) aceptan la lectura moxmordo sin más explicaciones. Cejador (1913) corrige por maxmordos y anota: “si no me engaño, significa amontonados malamente, como arracimados, que es lo que vale en éuskera, y de aquí se dijo maxmordón, el que se hace el bobo para vivir sin trabajar […]”. Chiarini (1964) prefiere moxmordos y anota: “etimología y significado aún no han sido identificados con certeza”; Corominas (1967) también opta por moxmordos y comenta: “palabra rara; no se sabe bien si significa ‘(diente) de idiota, de rústico’ o ‘arracimado, amontonado’. Joset (1974) sigue a Corominas y menciona de paso a Leo Spitzer (1953) para el cual podría significar “curvado hacia dentro”. Blecua expresa su duda sobre su lectura moxmordos: “…‘mal dispuestos’, quizá. Se desconoce el significado preciso de moxmordo”. Con esta apreciación de Blecua queda resumido el desconcierto de todos los editores y de cuantos críticos se ocuparon de desentrañar el significado de una palabra inexistente.
Pero reconstruir este hemistiquio no es tan difícil: basta con acudir a un diccionario y buscar otra palabra usual en el medievo que termine en “-ordo” y que designe un objeto cuya forma tenga alguna cualidad con la que unos dientes imperfectos puedan compararse. Y la única palabra que encaja a la perfección es “bohordo /bofordo”, alusiva a unas pequeñas lanzas que los caballeros utilizaban en el juego de “bofordar”, consistente en lanzarlas al galope sobre sus caballos sobre un tablado o castillete colocado en algún punto a modo de diana, para competir en fuerza y destreza haciéndose merecedores de un premio. Aplicable a unos dientes, tendría pleno sentido si fueran puntiagudos, aunque no anchos como se los califica en el primer hemistiquio. Pero esta circunstancia lejos de ser un obstáculo para admitir su encaje en el verso lo refuerza, pues explicaría la extraña repetición del adjetivo “anchos” en el verso siguiente: “sobrecejas anchas”, un defecto compositivo que un buen poeta no comete porque demuestra poca imaginación por su parte y resulta cacofónico. De esta manera, si las sobrecejas son anchas, la palabra original siguiente a “dientes” y que el copista no supo interpretar tiene que ser otra de dos sílabas que contenga la inconfundible letra che como inicial de la segunda. Y por el contexto solo puede tratarse del adverbio “mucho” equivalente al actual “muy”. De acuerdo con todo lo anterior, en el primer hemistiquio originalmente se diría: “sus dientes mucho luengos”; en el segundo se explicaría cuán largos eran comparándolos hiperbólicamente con estas lanzas medievales.
Veamos lo que dice Covarrubias en la entrada “bohordo”, después de referirse, como primera acepción, al junco de la espadaña (planta herbácea de la familia de las tifáceas): “Los cavalleros suelen la mañana de S. Juan tirar unas varitas delgadas por el aire, y estas llaman bohordos por la semejança que les tienen […]”.
Ya tendríamos casi reconstruido el tercer verso. Pero seguimos con la duda de por qué la palabra que precede a bohordos es tan distinta en ambos manuscritos: caballunos en el ms. G y asnudos en el ms. S. La explicación más lógica sería que los autores de sus respectivos subarquetipos no entendieron la palabra que copiaban y la sustituyeron por otra que encajaba no en el contexto del juego de bofordar sino en el más accesible del mundo animal. Por lo tanto, tendríamos que buscar una palabra con rasgos comunes a aquellas a las que acabó derivando que pertenezca al campo semántico de los torneos y juegos de caballeros. Seguramente empezaría por “as-” o por “ca-”, y terminaría en “-udos” o en “-unos”. Para ello debemos acercarnos someramente a este deporte acudiendo a los fueros de la época, que solían contener regulaciones para tratar de evitar los accidentes que a menudo se producían si los caballeros bofordaban dentro de los muros de la villa o iban desprovistos de las reglamentarios “campanetas y cascabeles”, necesarios para alertar de su galopada a los transeúntes que se cruzaban en su camino. A veces se regulaban las cualidades de los propios bohordos o el atavío de los caballos. Pero aquí no vamos a entrar en detalles. Nos bastará con reseñar un fragmento de un artículo del Fuero de Teruel, que menciona una variedad de este deporte (aunque parece que llegó a ser un sinónimo en la práctica) con un nombre derivado de “astil” (palo). La traducción del latín es mía:
“350: Que nadie peche [pague impuesto] por astiludio y bofordo. Por consiguiente, tratemos del astiludio y bofordo. Mando también que si alguno bofordare dentro de la villa, sea en fiestas, sean en bodas, sea en otros días, sin escuchar el pregón del juez, y allí matare a un hombre de alguna manera, peche por el homicidio o cualquier caloña [ilícito] que hubiere cometido, según fuero. […] Asimismo, cualquiera que arroje una piedra, una flecha, un astil o cualquier otra cosa semejante y algún daño hiciere, lo peche si le fuera probado”.
Debido a que tanto astiludio como bohordo designaban no solo el deporte en sí sino también la propia lanza con la que se practicaba, en la estrofa que comentamos el poeta estaría calificando a los dientes de la serrana “mucho luengos, astiludios, bohordos”. Los copistas que se enfrentaron al reto de transcribir esta palabra desconocida para ellos tomaron ciertos elementos de la misma para conformar sus propias creaciones, que solo podían aplicar al contexto del mundo animal en que se sustentaba todo el episodio.
3. Análisis del tercer verso
Poco comentaremos de éste, que tiene pleno sentido y coincide en ambos manuscritos, a excepción de la conjunción “e”, que falta en el ms. G haciendo su segundo hemistiquio hipométrico, por lo que lo reintegraremos con ese leve añadido del ms. S.
4. Análisis del cuarto verso
Mientras que en el ms. G , a continuación del texto con el que se inicia el verso, “los que quieren”, apreciamos unos meros garabatos sin significado, el ms. S – que en este caso pareciera ser copia directa de aquél- rellena el hueco interpretando que el primer signo escrito por el escriba de G es una “q” a la que sigue una insegura “a”, lo que le da pie para suponer que la palabra que tiene que recomponer es “casarse”, para poder decir a continuación “aquí no sean sordos”; es decir, que el verso aconseja a los que busquen mujer para contraer matrimonio que escuchen al poeta y no se precipiten a solicitar la mano de este engendro de mujer, como si su fealdad tan hiperbólicamente descrita no fuera algo a la vista de todos. No puedo calificar esa reintegración sino como un puro disparate. El poeta no escribía la sílaba “ca” con la letra “q”. En toda su obra incluye la palabra “casar” o sus derivados (casamiento, casamentera) más de treinta veces y siempre la escribe como lo hacemos en la actualidad.
Lo que el copista de S ha visto en G (o, más bien, en un subarquetipo común del que G imitó su grafía) es una tachadura de la letra o letras que el copista estaba escribiendo al advertir haber cometido una incorrección. Y por eso hay un espacio que separa a esa supuesta “q” de la siguiente palabra, que solo puedo suponer que es “oir/oyr”, no solo por el contexto sino por la propia grafía, mucho más parecida a esta palabra que a la que escribe el copista de S. Y es que el mensaje de este verso no puede ser sino una adaptación del versículo evangélico recogido en Marcos 4:23: “Si alguno tiene oídos para oír que oiga”.
El segundo hemistiquio del ms. S difiere levemente en cuanto a su estructura sintáctica del correspondiente del ms. G. Elegiré éste último por esa regla general de considerarlo más próximo al original, y porque al pronunciar el del ms S recurro con más facilidad a pronunciar “sean” como una sola sílaba empleando la sinalefa y convirtiendo el verso, por tanto, en hipométrico.
Es posible que el Arcipreste no haya más intención en este verso que la de encontrar algún acomodo a la palabra “sordos”, que es la única que le quedaba para salir airoso de una estrofa con una rima tan difícil. Pero también es probable, conociendo la intención del poeta de enviar mensajes subliminales en sus poemas a los lectores más hábiles (o acaso a sus más allegados), que estuviera enviando el siguiente mensaje: “los que me conozcan, sabed a quién me estoy refriendo”. Quizás no tuviera ninguna experiencia en el puerto de la Tablada y se refiriese a alguna persona así apellidada, que conociera en alguna fiesta de San Juan, o en una boda en la que algunos caballeros demostraran su destreza en el juego de bofordar. Pero eso seguramente nunca lo sabremos.
Resumiendo todas las consideraciones anteriores, esta sería la reconstrucción de la estrofa 1.014:
“Su boca de alana [?], grandes rostros e gordos;
sus dientes mucho luengos, astiludios, bohordos;
las sobrecejas anchas e más negras que tordos;
los que quieren oír, non sean aquí sordos”.
Dejo al lector, como suelo hacer, la reproducción fotográfica de esta estrofa en ambos manuscritos para que juzgue libremente acerca de cuanto he dicho. 












