Del miedo escénico al sainete escénico. Cuando se tiene un entrenador
mediocre, sin personalidad y sin respuestas tácticas (sus cambios de
ayer fueron otra vez de aurora boreal); cuando se carece de un modelo
deportivo porque se tiene la desgracia de contar con un presidente
miope y con una alarmante querencia a repetir los errores del pasado;
cuando la planificación de la plantilla responde a criterios
comerciales y no deportivos; cuando se tiene a un liante argentino al
frente de la parcela deportiva; cuando se cifran las esperanzas de
remontada en un golfo como Guti; cuando el reto del gol gravita en las
piernas de un perdedor como Higüaín; cuando el remedio no es otro que
Raúl, lo normal es que al Madrid le saque los colores un
equipo brioso y corajudo como el modesto Olympique, dirigido por un
entrenador coherente y con criterio.
Sobran
las explicaciones y las frases de intenciones: Manuel Pellegrini
tendría que haber sido cesado tras el 'Alcorconazo'. Retrasar lo
inevitable ha hecho añicos el billonario proyecto de Florentino, ha
reducido a escombros la ilusión del madridismo, ha vuelto a evidenciar
las carencias de un equipo devenido banda fuera de sus individualidades
y, lo que es más siniestro, deja expedito el camino al Barça para
revalidar el título de Champions...y en el Bernabéu. ¡Insoportable!
Aferrarse al sin sentido de mantener al chileno en el banquillo le
costó al
club su temprana eliminación de la Copa del Rey y ahora el adiós a la
Liga de Campeones. Sólo queda perder la Liga española, que se perderá,
dada la proverbial obsesión de
Florentino por tropezar hasta tres veces en la misma piedra. Y con el
chileno de macetero en el área
técnica. ¡Canallesco!
El guión del
Madrid-Olympique se ajustó al habitual desde el inicio de la temporada:
atascos,
individualismos, movimientos previsibles, desbarajuste táctico, cambios de chiste, ausencia de espacios y
ostracismo total. Y por si fuera poco, el ex futbolista Raúl, al que
Pellegrini se empeña en convertir en perejil de todas las salsas. Y eso
no hay estómago sano que pueda digerirlo.
El
modesto Olympique ha evidenciado las carencias
del Real Madrid y la contumacia de Pellegrini en el error. Al chileno
este equipo le viene grande. Bastó tres meses para que saliera a
relucir
lo que sólo Florentino y Valdano no quisieron ver: que este Madrid es una banda cuando tiene delante a
un equipo de fútbol de verdad, y no uno de esos conjuntos mediocres que desdibujan
la Liga española. Y los líderes de la
orquesta son los primeros que desafinan.
Como ocurrió en su primera
etapa, Florentino vuelve a ser parte del problema. Y si ese problema lo
agrava una metástasis como el chileno Pellegrini, entonces el panorama
no puede ser menos ilusionante ni más descorazonador.
Otro fracaso de Champions
La cuestión es que el Real Madrid acumula un nuevo fracaso esta temporada. Al de la Copa
del Rey suma ahora el de la Liga de Campeones, donde por sexta
temporada consecutiva ha sido eliminado en octavos de final. Un
desastre para un equipo construido para conquistar la Décima en el
Santiago Bernabéu. En esta dinámica autodestructiva en la que se ha
metido el Madrid en la Champions, llegará antes la décima eliminación
en octavos que el décimo título. Nadie sale más señalado de este
fracaso que el técnico, Manuel Pellegrini, pero las miradas no se deben
detener en el chileno.
Le despide otra vez un equipo que no está entre los favoritos para
ganar la Copa, lo que ya no es ni un problema, empieza a ser una
enfermedad. Es un buen equipo el Lyon, pero está lejos de ser de los
mejores de Europa. Tiene dos puñales en ataque, como son Delgado y
Lisandro, un futbolista muy recomendable, que se maneja con oficio en
la Liga de Campeones. Todo lo contrario que el Madrid. En el conjunto
de la eliminatoria el Lyon fue mejor y mereció la clasificación. Una
vez más, el Madrid se marcha de la que hace años era su competición, su
casa por la puerta de atrás. Mientras jugó en equipo tuvo serias
opciones de pasar, cuando comenzaron a buscarse soluciones
individuales, naufragó. No supo sentenciar cuando lo tuvo todo a favor
y terminó pagándolo. Se reclamó un penalti que no fue sobre Higuaín. Si
alguien quiere encontrar una excusa a este fracaso, que no la busque
ahí.
Pese a todo, el comienzo del Madrid fue bueno, ciertamente ilusionante.
A los cinco minutos, Guti recibió el balón en su campo, lo acarició,
levantó la cabeza, vio cómo arrancaba Cristiano y le puso un balón
perfecto que el portugués convirtió en el primer gol de la noche. Se
fue por velocidad de Révelliére y Cris y finalizó metiendo el balón
entre las piernas de Lloris. Se juntaron la sutil genialidad de Guti
con la genialidad arrolladora del portugués y así debería ser el
Madrid, como esa mezcla perfecta.
El Madrid metió una velocidad más que de costumbre a sus acciones en la
primera parte y lo hizo con Guti sobre el césped, el hombre que pone
pausa a los movimientos del equipo. La razón es simple, lo que se movió
fue el balón, que circuló con rapidez en horizontal y vertical. Mostró
en la primera parte el Madrid un juego rápido, vertical, pero también
elaborado. Supo aprovechar los espacios que concedió el Lyon y ahí se
creció Kaká, que encontró su ecosistema favorito con metros por delante.
Completó un buen primer tiempo el Madrid y, pese a que su superioridad
se hizo menos evidente con el paso de los minutos, mereció irse a los
vestuarios con una ventaja más amplia en el marcador. No ajustó bien el
punto de mira Higuaín, que después de un magnífico pase de Granero
eludió a Lloris y con la portería vacía envió el balón al poste. Su
lamento fue a más poco después, cuando el portero le sacó un tiro
abajo. Se llevó además el argentino el reproche de Cristiano, sin nadie
a su alrededor y al que debió ceder la pelota.
No hubo demasiadas noticias del Lyon en ataque hasta bien cerca del
final, cuando Makoun medio cayéndose no acertó a rematar dentro del
área. Pese a todo, la imagen del equipo francés fue mejorando, ganó
consistencia en defensa y tuvo más presencia en el centro del campo.
Esa sensación se acrecentó en el segundo tiempo, que lo comenzó el
Madrid con ese aire despistado que le invade con frecuencia. Dio aire
al Lyon, que ya apuntó buenas sensaciones en el último tramo de la
primera parte, presionó con más intensidad la salida de balón del
Madrid y le robó el mando del partido. Hizo sufrir al Madrid, que pasó
un mal rato al inicio. Avisó Gonalons de cabeza, perdonó Govou dentro
del área y puso a prueba Lisandro a Casillas con un misil desde fuera
del área que despejó como pudo Iker. El Madrid respondió con una buena
ocasión de Kaká. Poca cosa cuando lo que se buscaba era la sentencia.
Comenzó a faltarle el aire a Guti, no apareció tanto Kaká, Higuaín
seguía sin tener claro dónde estaba la portería y Cristiano comenzó su
particular batalla contra el mundo. Movió sus piezas Pellegrini, que
sustituyó al desafortunado Granero por el último héroe, Van der Vaart.
Los dioses no estuvieron esta vez del lado del holandés.
La consecuencia a la evidente mejoría del Lyon y al progresivo
hundimiento del Madrid fue el gol de Pjanic a falta de un cuarto de
hora para el cierre. Delgado combinó con Lisandro y entre éste y
Arbeloa le dieron el balón a Pjanic, que batió a Casillas. Una
combinación tan simple como efectiva.
Se creyó el Lyon con el trabajo hecho y dio un paso atrás. El Madrid
nunca se dio por vencido y volvió a recurrir a su orgullo, a la épica,
en definitiva, a los valores que siempre le han distinguido cuando le
abandona el fútbol. Sucedió esto ya con Raúl sobre el campo. El capitán
entró por Kaká, que hizo visible su enfado por el cambio como nunca
antes lo había hecho. La última maniobra de Pellegrini para intentar
reactivar una eliminatoria perdida fue meter a Diarra por Arbeloa. Lo
que sucedió fue que el Lisandro y Delgado perdonaron al Madrid, que
todavía se pudo ir con peor cara. Si eso es posible.