La próspera villa valllisoletana de Medina del Campo se levanta a la sombra de la fortaleza de la Mota. La preeminencia y el señorío adquirido por esta localidad a lo largo de su historia la convirtieron en importante nudo de comunicaciones en Castilla, alcanzando así la categoría de municipio principal de tierras vallisoletanas.
Si bien los primeros asentamientos humanos se produjeron en Medina del Campo a
lo largo de la Edad de Hierro, sería durante la dominación romana
cuando este enclave acogería por vez primera una población de cierta
envergadura y con carácter sedentario, tal y como lo atestiguan
diversos restos arqueológicos hallados en la conocida loma de 'Las Peñas'.
Tras la conquista musulmana de la península, los árabes hicieron florecer numerosos asentamientos siguiendo el curso del río Duero;
de aquellos años de esplendor musulmán ningún vestigio conserva la
villa, excepto su nombre, 'Medina'. Ya en el siglo XII, la localidad,
situada entonces en la margen derecha del Zapardiel,
donde hoy se alza el castillo, se erigía como privilegiada y populosa
plaza castellana que un siglo después vería confirmados sus fueros de
manos del monarca Alfonso X.
Pero es sin duda en los siglos XV y XVI cuando Medina conoce el máximo reconocimiento de su historia. La incipiente relación comercial que empezó a desarrollar la Corona de Castilla con
otros países convirtió al enclave medinense en centro neurálgico de la
expansión económica. Nacen así las conocidas Ferias, donde se daban
cita mercaderes de las más diversas nacionalidades. Tales eventos se
celebraban en los meses de mayo y octubre por un espacio de cincuenta
días en cada ocasión. Aceite, lana, sedas, pieles... eran algunas de
las "mercaderías" que se ofrecían en aquellos tradicionales encuentros
al abrigo de las nobles piedras de la Plaza Mayor.
La envergadura que adquirieron estas transacciones acaparó en poco
tiempo el interés de prestamistas, cambistas y banqueros, utilizándose
por primera vez en Medina las letras de cambio para las negociaciones.
Fueron varios los acontecimientos históricos que provocaron el lento
declive de la villa: la suspensión de pagos decretada por el Estado en
1596 puso punto y final a la actividad feriante que, a pesar de
experimentar un nuevo resurgimiento a lo largo del siglo XVII, no
alcanzó la brillantez de antaño. Junto a este hecho, el descubrimiento
del Nuevo Mundo y la guerra de las Comunidades fueron factores añadidos
que sirvieron para apagar los fulgores medinenses. El conflicto
comunero se inscribe como uno de los más luctuosos capítulos de la
historia de Medina; la villa, cercada, opuso resistencia a las tropas
imperiales de Carlos I; el trágico resultado de tales acciones fue un
devastador incendio que arrasó más de 900 casas.
Sin embargo,
Medina del Campo seguirá siendo recordada por las regias visitas que
ensalzaron su historia; no en vano, la reina Isabel la Católica condujo
los destinos de Castilla desde la propia villa durante largos años. Fue
éste el lugar donde testó y murió, convirtiendo a Medina del Campo en
celosa guardiana de una parte importante de la historia de España.
Patrimonio Cultural
Colegiata de San Antolín
Pese a que en 1851 perdió el rango de Colegiata que había sido
concedido al templo anterior por el Papa Sixto IV, para los medinenses
sigue teniendo la misma categoría que antaño. El edificio que podemos
contemplar actualmente se erigió en 1502 y es un bello ejemplar del
gótico tardío, convertido en custodio de numerosas obras de arte.
Ayuntamiento
Levantado en el siglo XVII, en tiempos de Felipe IV, el Ayuntamiento
ocupa un lugar que en su día se disputaron el Consistorio y el Cabildo,
debido a su privilegiada posición en la Plaza Mayor. En su fachada,
recorrida por un balcón de hierro, lucen sendos escudos; uno real y
otro con las armas de la villa. En su interior se abren cuatro hermosos
patios y forma conjunto monumental con la Casa de los Arcos y con el
Palacio Real.
Palacio Real y Testamentario
Integrados en una posterior construcción, los vestigios de la antigua
residencia de monarcas castellanos se abre en la espaciosa Plaza Mayor
medinense. Este palacio, que antaño ocupara una amplia manzana, fue el
lugar donde vivió, testó y murió la reina Isabel la Católica.
Palacio de las Dueñas
Mandado construir en 1528 por el doctor Diego Beltrán, consejero de
Indias, fue heredado por su nieta Mariana, que se desposó con Francisco
de Dueñas; el soberbio recinto pasó así a su mayorazgo y de ahí que
mudara su nombre. Está considerado como la obra palaciega más
importante de Medina, siendo especialmente reseñable de su renacentista
traza el artesonado del zaguán y el patio, exquisitamente decorado con
medallones y escudos.
Castillo de la Mota
Asentado sobre un cerro o mota, al que debe su nombre, el castillo es
sin duda el perfil medinense por antonomasia. En el lugar donde hoy
alza su estampa este fiel defensor de la villa, se extendía antaño la
primitiva población de Medina del Campo, antes de que ésta iniciara su expansión hacia el extenso llano que riega el río Zapardiel.
Pese a que no se conoce a ciencia cierta la fecha de su construcción, el castillo de la Mota formó parte en su día del recinto amurallado que protegía la villa de Medina.
La fortaleza levanta sus muros sobre los cimientos de un antiguo
alcázar medieval, y se sabe que a mitad del siglo XIV, durante el
reinado de Juan II, se procedió a la reconstrucción del mismo. Las
obras corrieron a cargo del alarife Fernando Carreño que
reforzó el recinto interior al que se dotó de cuatro torreones de
ladrillo y mampostería, debido a la escasez de piedra de la comarca.
A partir de 1474, con el reinado de los Reyes Católicos,
se completan las obras bajo la dirección de Alonso Niño. Legado de
aquellos años son la barbacana exterior, de trazas mudéjares, y la Torre del Homenaje.
Esta espléndida construcción almenada con matacanes y atalayeras está
rematada por un segundo cuerpo o torre-caballero, con función de vigía,
del que aún se conservan restos de arcadas; con sus cuarenta metros de
altura está considerada como "la reina de las torres de Castilla".
Como la mayor parte de las fortalezas que se erigieron en tierras ibéricas, el Castillo de la Mota fue
durante largos años residencia de monarcas castellanos, como la reina
Juana la Loca. Entre sus muros se escribieron los mejores capítulos del
reinado de los Reyes Católicos,
que hicieron de él una de sus residencias más frecuentadas; de hecho,
la reina Isabel vivió sus últimos días en la fortaleza, justo antes de
trasladarse al palacio que se alza en la Plaza Mayor, donde dictó su testamento y murió.
Con el tiempo tornó el uso de la fortaleza, que se convirtió en prisión
de Estado. Fueron muchos los ilustres prisioneros que sufrieron
encierro entre sus muros; Hernando Pizarro, hermano de Francisco y acusado de asesinato y malversación de fondos; el humanista Diego Hurtado de Mendoza; el duque de Calabria y César Borgia, hechos ambos prisioneros por el Gran Capitán, y Rodrigo Calderón, marqués de Sieteiglesias, que fue ejecutado en la Plaza Mayor de Madrid.
A pesar de ser el primer edificio medinense declarado Monumento
Histórico Artístico, el paso de los siglos hizo mella en el soberbio
castillo que, a partir del siglo XVII, se vio abocado a la ruina. Sería
ya en 1913 cuando se restituyeron la mayor parte de las almenas
alojadas en sus muros exteriores y en la Torre del Homenaje.
En los
años cuarenta, según un proyecto del arquitecto Francisco Íñiguez Almech,
se acometió la restauración definitiva de todo el recinto interior. Hoy
en día esta airosa fortaleza brinda al visitante la oportunidad de
pasear por sus estancias, que el paso del tiempo ha convertido en
silenciosas espectadoras de la historia castellana.