LUIS DEL VAL
En España hay mucho torero de salón. Son gente que marca la
figura de una manera irreprochable y que maneja con garbo el capote, o
una servilleta, en el salón del comedor de casa o en un salón de bodas,
eso, sí, sin toro. Con el toro delante, o no se atreven o son un
auténtico desastre. Así que no es de extrañar que en un país con tanto
torero de salón hayan aparecido, a raíz de la masacre de Bombay, los
valientes de salón.Los valientes de salón son los que no estuvieron allí, o estando allí
se enteraron de lo que sucedía en otra parte, y componen la figura de
lo que había que hacer cuando silbaban las balas, y como hay que
colocar el cuerpo para darle la chicuelita a una granada, o la perfecta
manera de permanecer estático, como un don Tancredo, cuando aparece una
banda que asesina a casi doscientas personas.
Algo menos cruenta, sin ningún muerto, ni siquiera un herido, fue
la desgraciada entrada en el Congreso de los Diputados de unos
descabezados guardias civiles al mando del coronel Tejero, el 23 de
febrero de 1981. Dispararon al aire, ordenaron a los señores diputados
que se tiraran al suelo, y los diputados, y los periodistas, y los
invitados, se escondieron como conejos, con la excepción de tres
personas: Adolfo Suárez, presidente del Gobierno; Manuel Gutiérrez
Mellado, vicepresidente; y Santiago Carrillo, secretario general del
PCE. Los demás, al suelo. Y, si yo hubiera estado allí dentro, me
hubiera agachado, no como un conejo, sino como una miserable rata.
¿Qué hubieran hecho los valientes de salón si hubieran estado
allí? Nunca lo sabremos. Como llamaban en el Café Gijón a los que nunca
habían publicado nada, "escritores bajo palabra de honor", estos son
valientes bajo palabra de honor, aunque el honor de los valientes de
salón me suscita tanto respeto como el arte taurino de los que no se
ponen delante del toro.
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