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viernes, 30 julio 2010
La lección de Israel PDF Imprimir Correo electrónico
   VICENTE ECHERRI

El anuncio de una agencia israelí de que se ampliaban los asentamientos judíos en Jerusalén Oriental, el mismo día de la visita al país del vicepresidente de EE.UU. Joe Biden, ha sido traducida por muchos como una deliberada zancadilla de los judíos a la mediación norteamericana y, en particular, a los esfuerzos del gobierno de Obama de querer anotarse el triunfo de un arreglo de paz en el Oriente Medio.
Aunque un ministro de Israel se excusó por la extemporaneidad del anuncio e insistió en que no tenía ninguna relación con la visita del vicepresidente, casi nadie se lo ha creído. Son demasiado inteligentes y astutos los israelíes para un acto fallido tan notorio. Se trata de una humillación a postas al petulante del Sr. Biden, y tal vez merecida.

El pobre Obama --ya es hora de empezar a compadecerlo-- a quien no le están saliendo muy bien las cosas (con la posible excepción del conflicto afgano) aspira a justificar su Premio Nobel con el logro de algún acuerdo significativo entre palestinos e israelíes y, cuando todo parece encaminado, ¡zas!, los últimos se sacan de la manga una gigantesca urbanización en Jerusalén Oriental como para que nadie ponga en duda --ni los árabes, ni los americanos, ni la Unión Europea-- a quien pertenece la ciudad ni la falta de disposición de parte del Estado judío para negociar sobre su estatus.

El gobierno de Estados Unidos se tiene bien ganada esta humillación por inconsecuente, por haber vacilado, más de una vez, en su política respecto al estatus de Jerusalén, a pesar de que la mayoría de nosotros en este país y nuestros representantes electos apoyan desde hace años la anexión formal de la Ciudad Santa y su designación como capital del Estado de Israel, hasta el punto de que el 10 de junio de 1997, la Cámara aprobó (406 votos a favor y 17 en contra) el reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel, así como la asignación de 100 millones de dólares para el traslado de la embajada de Estados Unidos que estaba y, casi trece años más tarde, sigue estando, en Tel Aviv. Sin embargo, ni el presidente Clinton, ni más tarde el presidente Bush (a pesar de sus promesas electorales) ni mucho menos Obama han dado los pasos necesarios para llevar a cabo este mandato popular. El temor a disgustar a los árabes ha pesado más y las consecuencias son lamentables.

Winston Churchill, en una carta al diplomático Evelyn Shuckburgh, le decía: "Debes dejar que los judíos se queden con Jerusalén; fueron ellos quienes la hicieron famosa''. La razón del estadista inglés, que no dudo en compartir, es menos superficial de lo que podría parecer: se afinca en lo que bien podría llamarse la estética de la historia. La ciudadela de los jebuseos, que el rey David convirtiera en su capital un milenio antes de nacer Cristo, adquirió una definitiva identidad judía para todos los que somos herederos y deudores de esa cultura. Para los cristianos, Jerusalén fue y ha sido la metáfora del orden divino que habría de instaurarse al final de los tiempos.

Para los judíos fue el mantra en torno al cual se conservó, de generación en generación, a lo largo de un destierro de siglos, su aspiración a la soberanía nacional. Los judíos no sólo hicieron de Jerusalén una legendaria ciudad del mundo antiguo, sino que la consagraron, en su diáspora, como la concreción de una cultura y de una fe y, ciertamente, de un amor al que han permanecido fieles a través de los tiempos. Como bien dijeran León y Jill Uris, se trata de "la más larga y más profunda aventura amorosa de la historia''.

Acaso es tarde para corregir los errores de la partición británica en esa región del mundo, que pudo haber creado un hogar palestino en el actual reino de Jordania y haber dejado en manos judías todo el territorio que alguna vez fuera el Israel histórico. Eso habría sido más lógico y, a la postre, menos traumático. Ya no parece posible, pero sí lo es el evitar que una de las ciudades más emblemáticas de la tierra vuelva a ser víctima de una partición, de suyo explosiva, que sólo contribuiría a hacerla un sitio más peligroso y menos habitable. Al gobierno israelí le tocaría afirmar, con toda la firmeza y claridad que sean necesarias, que Jerusalén está fuera de cualquier negociación presente y futura con los palestinos, así como al gobierno de EE.UU. le correspondería respaldar esa posición que es la más acorde con los deseos del pueblo norteamericano. Las conversaciones de paz podrían quedar entonces, por extraño que parezca, sobre un terreno más firme. Entre tanto, la humillación de Biden debe entenderse como una merecida lección.
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