El debate que se sigue en el Parlamento catalán sobre las corridas
de toros es, pese a la solvencia o a la emotividad de algunas de las
opiniones que en él se están vertiendo, un debate imposible: taurinos y
antitaurinos, o, por mejor decir, partidarios de las corridas de toros y
partidarios de los toros, viven, sienten y piensan en dos esferas
distintas, remotas entre ellas, por lo que, pese a la buena voluntad que
pongan en el diálogo, siempre hablarán de cosas diferentes.
Los primeros, cuyo etnocentrismo les limita severamente la empatía
hacia los animales y les anestesia la sensibilidad que es posible que
tengan para otros aspectos de la vida, se muestran incapaces, por esas
dos poderosas razones apuntadas, de reconocer el fundamento de
primitivismo y barbarie de la Fiesta, o, si lo vislumbran, se empeñan en
neutralizar su evidencia magnificando el componente de "Arte". Y da
igual que se les haga notar que Arte, Arte español, si es que el Arte
tiene nacionalidad, que no lo creo, es lo que hicieron Zurbarán, Goya,
Velázquez, Albéniz, Falla, Gaudí, Valle, Romero de Torres, Lorca, Miguel
Hernández o Antonio López García, y no, por citar sólo a los toreros
más "artistas", Curro Romero o Rafael de Paula, pues no lo entienden,
toda vez que confunden el Arte con la Emoción.
Desde luego, la posibilidad de contemplar la muerte de un
semejante sobre el albero, más la certidumbre de asistir a la de seis
criaturas jóvenes, sanas, bellas y soberbias, los toros, produce su
emoción, de eso no cabe la menor duda.
Pero donde los de la Fiesta Nacional de Esperanza Aguirre extreman
su confusión es cuando, haciéndose los buenos y mostrándose taurófilos,
hablan del inmenso favor que se les hace a los toros torturándoles y
matándoles para solaz del "respetable": que si no hubiera corridas se
extinguiría la raza; que si en el ruedo se les trata con mucha más
deferencia que en el matadero; que si mientras llega el día de su lidia
se pegan la vida padre... Diríase que los toros deberían sentirse
inmensamente agradecidos.
Se trata, en fin, de un debate imposible, a tenor de la lejanía de
los mundos que se enfrentan. Por mi parte: ¡Vivan los toros!
Literalmente eso: que vivan. O, si está de Dios o del destino, que se
extingan como, por lo demás, habremos de extinguirnos todos.