06/07/2018
REDACCION | 20967 lecturas

No es la nación, es la tele

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G. Albiac (R).- Nada importa más al político hoy que los televisores. Es la gran mutación del último medio siglo. Vuelca el concepto de «representación»: aquel que nació en 1789 como fundamento de las sociedades democráticas y es hoy arqueología.

Aquella «representación» funcionaba como una traslación ascendente que, desde los ciudadanos, delegaba su criterio y sus preferencias en los portavoces que habrían de ejercer la administración del Estado. Mediado el siglo XX, la relación pasó a invertirse. Y en esa inversión, se incorporó a las democracias el hallazgo más eficaz de los totalitarismos de entreguerras. Que enunciaba algo tan letal como sencillo: en las sociedades contemporáneas, los deseos y preferencias de la mayoría pueden ser modelados a la medida. Con lo que la subjetividad ciudadana resulta ser una mercancía específica, tan manufacturable como cualquier otra. Las máquinas sobre las cuales se articulaba esa fábrica de consenso eran aún limitadas: radio y cine fueron los germinales instrumentos de un poder que iba a centrarse, en los años veinte y treinta, en identificar a los dominados con el deseo de los dominadores.

Se pergeñó entonces un reparto de funciones entre ambos primeros medios de masas. La radio quedaba para la información: su inmediatez en la transmisión de contenidos y la familiaridad de su presencia doméstica la dotaban de una verosimilitud y, en el límite, de una simpatía blindadas. Al cine competía la gestión complementaria del espectáculo: la exterioridad misma de la sala de proyección era propicia para las identificaciones colectivas, de las que Eisenstein y Riefenstahl harían uso virtuoso. Realidad y entretenimiento se articulaban en el gran proyecto totalitario: convertir a cada ciudadano en minúsculo espejo del Estado. Aunque la bifurcación misma de los espacios de información y diversión agrietaba algo el modelo.

Esa bifurcación fue corregida en los años cincuenta en las sociedades democráticas. A partir de entonces, el televisor iba a proporcionar una masiva máquina de imágenes, por completo integrada en la cotidianidad doméstica y, en el límite, activa las 24 horas del día, 7 días a la semana, 365 días al año. La penetración del Estado en lo íntimo pasaba a ser perfecta. Y la distinción entre lo público y lo privado -ese fundamento de la libertad en las sociedades burguesas- quedó extinta. El televisor es el instrumento mediante el cual el poder fabrica las imaginaciones privadas, a través de las cuales el ciudadano acepta sus servidumbres como libertades. En él, la diversión es información. Y a la inversa.

El juego de Sánchez con los independentistas catalanes es una lección de modernidad política aplastante: la nación no es nada, el televisor es todo. Nada hay de irracional en eso. Tal vez sí, de canalla. Pero, ¿quién ha dicho que lo canalla y lo eficaz se excluyan en la lucha por el poder? La nación puede fragmentarse, e incluso destruirse, sin que aquel que ostenta el mando se vea perjudicado en lo único que le importa: su dominio. En el límite, Sánchez sabe que no es contradictoria la hipótesis de habitar una Moncloa en cordiales relaciones con el presidente de la recién nacida República Catalana. Nada hay de contradictorio. Siempre que el poder de los televisores trueque un oxímoron en un pleonasmo. Sencillísimo.

Eso está en juego: qué sistema de alianzas se requiere para que el control de TVE sea monopolio de Sánchez, y el de TV3 (pronto TVC) monopolio de Torra. Lo demás, todo lo demás, es retórica.

 

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Sanamalaquías
Sanamalaquías

Los medios en general pero la Tv en particular son el auténtico primer poder. El que controla la información controla el resultado de las urnas. Sobre todo en sociedades aborregadas hasta el paroxismo como son la Española. De nada sirven sesudos razonamientos respaldados por sesudos estudios y esclarecedoras estadísticas contra un par de minutos de manipuladoras mentiras lloriconas en el telediario de las 9. Toda la razón se convierte en humo frente a una imagen y un comentario adecuadamente diseñados para derribar las murallas del sentido común. Por ello la democracia tal y como la entendemos no puede continuar. A… Leer más »

vfabgar
vfabgar

Pensaba que la caja tonta estaba “muerta”, pero me equivoqué; está mas viva que nunca y la maquinaria de producción de pornografía intelectual a pleno rendimiento. Lo observo hasta en personas adictas al zapping; basta unos segundos en un canal para que una noticia o unas imágenes (manipuladas o no) generen una opinión sin el mayor rigor.

Buenas tardes.

María Luisa
María Luisa

No vivimos. Vemos la tele.

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