12/01/2018
Pío Moa | 4444 lecturas

La España milagrosa de Raymond Carr

Compartir
Tags

En el prólogo de la obrita de síntesis sobre historia de España coordinada por Raymond Carr (la primera edición en inglés data de 2001), se propone un nuevo enfoque sobre el pasado y el presente españoles. “La diversidad de España constituye una clave de su historia”, se dice allí. “En primer lugar, hay que tener en cuenta la marcada división entre la España húmeda y la seca. Las provincias noroccidentales, observaba Richard Ford en la década de 1830, son más lluviosas que el Devonshire, mientras que las llanuras centrales están más calcinadas que las de los desiertos de Arabia”.

Desde luego, España es un país muy variado, pero la cita, recogida acríticamente por Carr, no pasa del nivel de la tontería, y el profesor inglés no la mejora cuando afirma que Galicia recibe más de 2.000 milímetros de precipitaciones anuales, la Meseta Central menos de 26 y Almería, en ciertos casos, ninguno. Una simple consulta a los índices pluviométricos le habría sacado de su considerable error. Luego, añade: “El contraste más espectacular es el que se daba entre esas fincas pobres y las del campesinado castellano y los latifundios de Andalucía y Extremadura, contraste parangonable únicamente con el existente entre el mezzogiorno, asolado por la pobreza, y el próspero norte italiano”.

El contraste entre regiones ricas y pobres no ha seguido el esquema España húmeda-España seca, sino que presenta llamativos cambios a lo largo de los siglos, en que unas regiones han ganado o perdido en riqueza relativa al margen de su pluviosidad. Durante muchos siglos la parte más rica de España ha sido precisamente el valle del Guadalquivir, posición que pasó después a Castilla la Vieja y posteriormente a algunas regiones periféricas, sin relación con la humedad o con la latitud geográfica. Por otra parte, contrastes regionales más o menos acentuados se han dado y se dan en todos los países del mundo, sin excluir a Inglaterra. ¿Son un caso tan excepcional los de España? Cabe dudarlo.

Mucho más dudosa parece su conclusión, extraída de unas citas del mencionado Ford y de Gerald Brenan. Para el primero, España es “un manojo de unidades locales atado por una cuerda de arena”. Por lo que hace al segundo, afirma: “En lo que puede llamarse su situación normal, España es un conjunto de pequeñas repúblicas, hostiles o indiferentes entre sí, aunadas en una federación escasamente cohesionada. En algunos grandes períodos (el Califato, la Reconquista, el Siglo de Oro), esos pequeños centros se han sentido contagiados por un sentimiento o una idea común y han actuado al unísono; pero cuando declinaba el ímpetu originado por esa idea, se dividían y volvían a su existencia separada y egoísta”. Estas opiniones las confirma Carr con otra de Olavide, quien veía al país como

Un cuerpo compuesto por otros menores separados y en oposición mutua, que se oprimen y desprecian entre sí y se hallan en un continuo estado de guerra civil. Cada una de las provincias, conventos religiosos y profesiones está separada del resto de la nación y vuelta hacia sí misma… La España moderna se puede considerar (…) una república monstruosa formada por pequeñas repúblicas enfrentadas unas con otras.

Pero la historia no puede explicarse a partir de algunas citas aceptadas sin mayor crítica. Ford se consideraba miembro de una cultura superior encargada de civilizar al resto del mundo, por supuesto a España, y miraba el entorno con ese prejuicio, tan propenso a crear espejismos. En cuanto a Brenan, mantenía una visión de España un tanto romántica e influida por distorsionantes clichés socialdemócratas, que tan a menudo le ciegan a aspectos clave del país donde vivió largo tiempo, si bien siempre en un ambiente anglosajón. Ambos hicieron algunas observaciones agudas sobre España, y otras reveladoras de una profunda ignorancia o falta de sentido común, entre ellas las seleccionadas por Carr. Sobre Olavide, el historiador debe plantearse si sus frases reflejan la realidad o más bien las impaciencias y exageraciones propias de un reformista que encuentra resistencia a sus planes.

Es cierto que en España subsistieron largo tiempo aduanas interiores, fueros, etc., pero se trataba de instituciones feudales presentes en el resto del Continente hasta tiempos históricamente recientes. Por lo demás, las expresiones de Olavide, Ford y Brenan podrían describir bastante bien la situación de la mayor parte de Europa, empezando por Alemania e Italia, que no lograron formar una nación con Estado propio hasta muy avanzado el siglo XIX. En cambio, coliden con el hecho de que España no hubiera estallado por todas sus costuras, sino que mantuviese hasta el siglo XIX una paz interna mucho más estable que la de casi cualquier otro país europeo, y las fronteras asimismo más estables y de las más antiguas de Europa, contra las cuales se rompería los dientes Napoleón.

Si creyésemos en las citas mencionadas (“cuerda de arena”, “repúblicas enfrentadas entre sí”, “en continuo estado de guerra civil”), la existencia de España habría sido un milagro inexplicable. Pero ya estamos habituados a esas peculiaridades, no del país sino de tantos historiadores, y los disparates corrientes sobre la Guerra Civil, Franco, etc., sólo continúan una larga tradición. Parodiando el famoso lema turístico de Fraga, diríamos que “España es diferente, pero los historiadores de España lo son más aún”.

También valdría la pena comparar la evolución de España con la del Reino Unido. En cierto sentido, este último ha sido el intento de crear una nación similar a la primera, pero el término español ha tenido siempre un contenido mucho más denso –emocional, cultural y políticamente hablando– que el de británico, formado a partir de una hegemonía inglesa impuesta históricamente a sangre y fuego o por sobornos, muy distinta del caso hispano. Aun en los siglos XVIII y XIX, diversas acciones u omisiones inglesas en Escocia e Irlanda causaron deportaciones o hambres masivas mucho peores que cualquier suceso ocurrido en España, y que no dejan de recordar a determinadas actuaciones de Stalin en el siglo XX, con rasgos de guerra civil contra una población desarmada. A su vez, las fronteras del Reino Unido hubieron de modificarse de forma muy sustantiva en época tan reciente como 1922, completada en 1948 con la plena independencia de la mayor parte de Irlanda.

Vistas así las cosas, debe admitirse que, en la pugna de tendencias centrífugas y centrípetas propia de toda sociedad humana, la nación española ha mostrado una persistencia y una estabilidad sorprendentes, si la comparamos con el resto de Europa.

Carr, casualmente, ha ejercido influencia extraordinaria sobre muchos historiadores españoles que se consideran de su escuela. Escribe Juan Pablo Fusi:

Bajo la dirección última de Carr trabajamos en el Centro de Estudios Ibéricos los que creo que podemos considerarnos sus discípulos: Romero Maura, José Varela Ortega, Shlomo Ben Ami, yo mismo, Paul Preston (que hacia 1970 estaba ya en la Universidad de Reading, con Hugh Thomas), Leandro Prados, Antonio Gómez Mendoza (ambos, como historiadores económicos, muy vinculados al tiempo a Patrick O´Brien y Max Hartwell) y Charles Powell…

En fin, ¿alguna conclusión de todo esto con respecto a la calidad de la historiografía española?

 

Comentarios

2 comentarios en "La España milagrosa de Raymond Carr"

Notifícame de
avatar

Ordenar por:   el más nuevo | el más antiguo | el más votado
Unomás
Unomás
12/01/2018 20:12
Esta gentuza que no sabe ni pronunciar al hablar, que tienen que entenderse deletreando palabras, que más que deletrear parece que escupen o espurrian restos de comida que no se han ganado, pero que engullen con la glotonería de un cerdo listo para San Martín, no pueden acceder al conocimiento ni comprensión de España. De ninguna manera. Solo elaboran ridículas caricaturas al nivel (escaso) de su talento huidizo. España, atacada por todos a la vez, y traicionada de la peor manera, está muy por encima del alcance de estos mamarrachos egocéntricos y oligofrénicos. Solo han tenido más suerte y menos… Leer más »
Blázquez
Blázquez
14/01/2018 19:22

Es asombroso cómo ha llegado con semejantes idioteces el señor Carr a alcanzar prestigio. ¿Qué diría si Enrique VIII hubiera sido español?

wpDiscuz