12/09/2017
Pío Moa | 4320 lecturas

La tragedia y el accidente

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Sobre la mitificación que se ha hecho de Diana de Gales por su muerte accidental, que a mi juicio revela a una sociedad moralmente estrafalaria en busca de cosas en que creer o de modelos que seguir, ha surgido el problema de la tragedia y el accidente: ¿es el accidente una tragedia? Ha argumentado Proby que sí, al menos para los deudos de la víctima. Yo creo que no debe confundirse un gran dolor con una tragedia, como constantemente se hace cuando se habla de accidentes o de catástrofes naturales.

Desde luego, en el género literario de las tragedias las hay de muchos tipos, desde aquellas en las que después de muchas vicisitudes triunfa el bueno a las que llevan consigo la muerte del bueno, o de todos juntos, o incluso terminan en una victoria del malo. Una de las versiones que da Aristóteles es que lo característico del género es un mal destructivo que llega a quien no lo merece. En ese sentido podríamos creer que un accidente es una tragedia. Pero no me parece que sea así, ante todo porque el mérito no cuenta para nada en tales hechos: ni se merecen ni se dejan de merecer, el asunto queda al margen de la moral

La tragedia, sobre todo en sus orígenes, exponía un desastre al que conducían unos actos densamente morales, aparentemente justificados, y en este sentido considero a Antígona la tragedia por excelencia. Tanto la mujer como Creonte exponen con gran destreza las razones que les llevan a obrar como lo hacen y a colisionar, con efectos catastróficos para ambos. Creonte es evidentemente el más racional, invoca la ley humana frente a las invocaciones divinas de Antígona, argumenta perfectamente y sin embargo la impresión resultante es que el bien está de parte de Antígona.

Lo importante en la tragedia griega es el modo como unos impulsos y razones impecables llevan a la desgracia. Porque, por debajo de ellos corre la hibris, la desmesura, la pérdida de conciencia de los propios límites. Creonte no tiene en cuenta las limitaciones de la ley humana, es decir, de la razón. También Antígona manifiesta el carácter inflexible heredado de su padre. Con todo, Antígona queda como la gran figura ejemplar, y de paso como la expresión mejor de la piedad griega, por su compasión hacia el hermano perdedor y a su padre, sumido en una desdicha que es también hija de la hibris, igual que la lucha entre los dos hermanos por el poder en Tebas: el sentido de los actos humanos solo pueden discernirlo claramente los dioses y Antígona pone por encima “las leyes” de estos, es decir, inevitablemente, su interpretación de ellas. Una de las divinidades griegas también tenía en cuenta la vergüenza del afortunado ante el desdichado, por saber que ni la fortuna ni la desdicha eran del todo merecidas.

(Respecto al mito de Edipo, recomiendo la interpretación de Paul Diel en El simbolismo de la mitología griega, mucho más interesante que la clásica interpretación freudiana).

Una de los rasgos asombrosos de los griegos antiguos es su objetividad moral. Por ejemplo, que su epopeya nacional pinte al héroe enemigo, Héctor, como el mejor en muchos aspectos, revela un espíritu que sin duda está en la base de la originalidad y productividad de su cultura.

 

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