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La profanación de la política

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Hasta tal punto la política, al ser propaganda, se ha hecho algo despreciable, que a los políticos se les considera como una “clase” sui generis, en gran parte corrompida, que, en lugar de servir al bien común, aprovecha sus cargos para enriquecerse y para servirse a sí misma, o a determinados grupos o instituciones a los que de un modo o de otro está vinculada.Esta opinión, muy generalizada hoy en día, no la comparto en cuanto a su generalización, pues hay políticos que, leales a su vocación auténtica, cumplen con ella.

Es verdad que escasamente se les nombra, porque aquellos que no son fieles a la misma, tienen medios muy poderosos que los silencian.Desde una postura cristiana, y, sintetizando, el Concilio Vaticano II, en su Constitución Gaudium et spes, dice textualmente: “La Iglesia alaba y estima la labor de quienes, al servicio del hombre, se consagran al bien de la cosa pública y aceptan las cargas de ese oficio”, añadiendo que “quienes son o pueden ser capaces de ejercer ese arte tan difícil y tan noble que es la política, prepárense para ello y procuren ejercitarla con olvido del propio interés y de toda ganancia venal, como con sinceridad y rectitud, más aún, con caridad y fortaleza política, al servicio de todos”.

Destaco, ya que es realmente muy significativo, que un documento conciliar califique la política como un arte difícil y noble, y que los políticos deben comportarse “con integridad moral, con prudencia (y) con caridad y fortaleza política” (nº 75), es decir, con una virtud teologal y dos virtudes cardinales. ¿A qué viene mencionar estas virtudes y pretender que las cultiven los políticos?

Pues, sencillamente, porque “las realidades temporales (como dice la citada Constitución en su número 76) y las realidades sobrenaturales están estrechamente unidas entre sí “ya que el hombre no se limita al sólo horizonte temporal, sino que, sujeto a la historia humana, mantiene íntegramente su vocación eterna”. El político cristiano ha de tener presente la doctrina que acabamos de exponer, y, por lo tanto, ponerla en práctica, de tal modo que, a su ejemplaridad en la vida privada acompañe una tarea al servicio del bien común, con prudencia, fortaleza y caridad.Está claro que este comportamiento privado y público del político que se define como cristiano, es una exigencia evangélica.

A mí, personalmente, me sorprendió un arzobispo que afirmaba, con cierta solemnidad, que una cosa era la política y otra la religión, cosa que es cierta, pero que es preciso aclarar, porque una cosa es que se trate de cosas distintas, y otra que -siguiendo al texto conciliar- “la comunidad política y la Iglesia (que) son independientes y autónomas, cada una en su propio terreno, están al servicio de la vocación personal y social del hombre”. El olvido o la marginación de estas ideas básicas han profanado la política. El hecho de que políticos, considerados como católicos practicantes, prometan y no juren por Dios al ocupar sus cargos, y lo hagan no con la mano sobre la Biblia, sino sobre la Constitución, pone de manifiesto una incongruencia llamativa.Me atrevo, ante una realidad desconcertante como ésta, a decir algo sobre la fe sin obras y sobre las obras sin caridad, a que hace referencia la fe revelada, y que, a pesar de sus desastrosas consecuencias, han sido aparcadas y desterradas al país del olvido.

La fe sin obras

El apóstol Santiago nos enseña -y el político cristiano lo sabe- que la “fe si no tiene obras está muerta, es estéril” (2;17,20 y 3,26). Las exigencias políticas de esta causa-efecto son evidentes, y tan evidentes, que si la fe no es operativa, el político cristiano escandaliza y confunde.No cabe duda de que de alguna manera ha influido y avalado esta discordancia la postura de Lutero sobre la justificación. Para estar justificado y para conseguir la salvación basta con la fe, Sola Fides Sufficit, de tal forma, que las obras malas son consecuencia del pecado original, que corrompió al hombre y lo hizo insanable.

La fe, para Lutero, es tan solo confianza plena en que la salvación se produce sólo por una acción externa, a saber, por la imputación al hombre pecador de los méritos redentores de Cristo. De aquí su célebre frase: “Pecca Fortiter, Sed Fortius Fide Et Gaude In Christo” (Peca fuertemente, pero crece con más fuerza y regocíjate en Cristo). Obras sin caridadA las obras sin caridad hace San Pablo especial referencia en su I Carta a los Corintios, en la que, entre otras cosas, escribe: “Si tuviera fe como para mover montañas, pero no tengo amor, no sería nada. Si repartiera todos mis bienes entre los necesitados, y si entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor, de nada me serviría” (13;2,3).

He aquí una tesis, impugnada por Pelagio, para el cual, en oposición a la sostenida por Lutero, partiendo de una afirmación de principio, a saber, que el pecado de Adán y Eva fue un pecado personal, y no original ni originante, no se transmite por generación. El hombre que mantiene íntegra y no debilitada su libertad, se justifica por sus obras buenas, es decir, por una causa intrínseca, connatural, y no por la imputación de los méritos de Cristo, excluyéndose todo valor a la pasión redentora. Conforme a esta doctrina, condenada por la Iglesia, como condenó la de Lutero, el político cristiano debe comprometerse con las obras, es decir, con el finis operis, pero sin prescindir del amor con el que debe realizarlas, es decir, con su propio y personal finis operantis.

Precisar lo que se entiende por amor exige distinguir entre eros, dilectio y caritas.Eros, se traduce por “hacer el amor”, es decir, por el amor de concupiscencia.Dilectio, equivale al afecto natural por las cosas de la creación visible, que alcanza su nivel más alto en la filantropía (que también puede llamarse “ágape”). Caritas, es una virtud teologal que nos lleva a amar a Dios y al prójimo, como el propio Dios nos ha amado (Jn.13,43).

Es evidente que San Pablo, en su Epístola, alude al amor de caridad. La fe operativa por las obras (que actúa por el amor, dice San Pablo a los Gálatas, 5,6), y las obras impulsadas y realizadas por la caridad, debieran ser el encabezamiento de un programa de Deontología política, y tanto de la ortodoxia como de la ortopraxis.La fe no es un sentimiento psíquico, sino un asentimiento intelectual a la verdad revelada, y un consentimiento con el que conjugar la gracia de Dios y la libertad del hombre, tal y como se definió en el Concilio de Trento, que demanda ser consecuente con la fe.

Me tomo la libertad, para concluir, de traer a colación los últimos párrafos de un discurso que pronuncié en el restaurante Rajoy, de Santiago de Compostela, el 25 de septiembre de 1993: “… Para el gobernante cristiano la política es un cauce a través del cual se sirve a la Patria con amor de caridad. El patriotismo es una manifestación de la Pietas, como dice Santo Tomás. El patriotismo auténtico no es la idolatría, sino la magnánima interpretación del mandato evangélico que pide que amemos -en este caso a España- con el mismo amor con que Él, Cristo, nos ha amado, es decir, con un amor a lo divino. Así amó Jesús a su patria.

El gobernante cristiano no aspira a construir aljibes -en el que se vierten aguas de cualquier procedencia-, sino pozos que almacenen el agua transparente que surge siempre del mismo manantial, es decir, de la fuente de agua viva, que es el amor a la patria.

El político cristiano es, como diría San Juan de la Cruz, un hombre o una mujer heridos de amor, que sólo por amor trabajan, y que gracias a ese amor a lo divino aceptan la cruz del quehacer político, la echan sobre el hombro y suben, si es preciso, hasta el Calvario. ¡Qué grato debe ser para un político cristiano recordar a San Agustín, que se expresaba de este modo: “Ama a tu prójimo; y más que a tu prójimo a tus padres; y más que a tus padres a tu Patria; y más que a tu Patria a Dios”.

Esta concepción, esta contemplación y esta asunción de la tarea política pueden encuadrarse en el propósito reevangelizador que pretende el reencuentro de España y de Europa con sus raíces espirituales y culturales. Si como dice el evangelista San Juan, en su Carta primera, “quien no ama permanece en la muerte” (3,14) -y estamos en la civilización de la muerte, porque en ella se va extinguiendo el amor-, sólo el amor de caridad a la Patria nos llevará a aquél reencuentro, y con ese reencuentro a la civilización de la vida. !Qué bella la frase del profeta, cuya actualidad resulta evidente, si pensamos en el hoy “de los nubarrones y de la oscuridad” (Ez.34,12): “Volved hijos apóstatas, yo os curaré vuestra apostasía”. (Jer,3,14,22).

4 comentarios para “La profanación de la política”

  1. Carlos I de España y V de Cataluña

    No deje nunca de hacer articulos y comentarios haber si de una vez se despiertan del sueño los españoles cegados por esta embaucadora democracia.

  2. alberto gragera

    verdades como templos dice D. Blas, todos deberian aprender estas cosas antes de meterse a políticos

  3. Don Blas, con su permiso me dirijo a usted ya que más sabe el sabio por viejo que por sabio. Me duele el alma,nadie se preocupa del espritu ¿qué hacemos don Blas?

  4. jordi bassaganya

    Impressionant Sr. Blas. a ón anirem a parar amb aquesta clase politica desastrossa que tenim en aquest país ?? Perqué ja no hi han homes com vostè en aquest país ?? Li prego no deixí de deleitar-nos amb aquests fantastics articles als que ens té acostumats. Des de Catalunya una forta abraçada Sr. Blas.

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